He visto morir: las fotos inéditas del fusilamiento de Severino Di Giovanni

El Archivo General de la Nación encontró un grupo de fotografías inéditas del fusilamiento de Severino Di Giovanni ocurrido el 1° de febrero de 1931. Reproducimos este texto de Roberto Arlt publicado en la sección Aguafuertes porteñas de diario El mundo.

He visto morir: las fotos inéditas del fusilamiento de Severino Di Giovanni

Por Sebastián Ortega
07/02/2020

Por Sebastián Ortega

Las seis fotos encontradas en el Archivo General de la Nación tenían un papel amarillo con un número de negativo y un apellido: Scarfó. En algunas de ellas aparece a un hombre de bigotes negros y cejas gruesas a punto de ser fusilado. En otras se lo ve después de muerto.

Los empleados del archivo buscaron en los documentos fotográficos de Paulino Scarfó, un anarquista fusilado el 2 de febrero de 1931, y vieron que no era la misma persona. Tiempo después a alguien se le ocurrió que podía ser Severino De Giovanni, otro anarquista expropiador fusilado el día anterior. Pero el semblante del hombre de las fotos no se parecía en nada a los retratos de Severino.

Archivo general de la nación

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Entonces empezó una búsqueda por contexto: revisaron los archivos que había de Severino y encontraron una serie de fotos que había publicado la revista Caras y Caretas. No eran las mismas que habían encontrado en el archivo pero correspondían al mismo momento. Ya no quedaban dudas: el fusilado era Severino Di Giovanni, el anarquista expropiador, el idealista de la violencia.

El origen de las fotos sigue siendo desconocido. Los archivistas las compararon sin resultado con las publicadas en Caras y Caretas y el diario Crítica. “No se tiene conocimiento de que estas imágenes estén en otro lugar, por lo que se hace necesario, si bien son copias contemporáneas, tratarlas como documentos únicos”, explicaron desde el Archivo General de la Nación.

Nacido el 17 de marzo de 1901 en Italia, Di Giovanni había sido periodista, poeta y conocido militante del anarquismo indivudualista. Instalado en Morón, en la provincia de Buenos Aires, editaba periódicos y panfletos por las noches. Su primera aparición pública destacada fue el 6 de junio de 1925. Ese día en el Teatro Colón se celebraba el 25 aniversario del ascenso al trono de Italia del rey Vittorio Emanuele III: estaba ahí el presidente Marcelo de Alvear y el embajador fascista. Di Giovanni y un grupo de anarquistas interrumpieron la función y lanzaron panfletos.

Di Giovanni fue un reconocido anarquista expropiador: con el dinero de los asaltos financiaba las publicaciones, ayudaba a mantener a las familias de otros libertarios presos. En una de esas salidas lo detuvieron. Un juicio militar lo condenó a muerte.

Archivo general de la nación

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Lo ejecutaron el 1 de febrero de 1931. Murió gritando “Viva la anarquía”.

El periodista y escritor Roberto Arlt estuvo presente el día del fusilamiento. Escribió este texto que fue publicado en la sección Aguafuertes porteñas de diario El mundo:

HE VISTO MORIR

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía.

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”

El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.

Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.

“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”

Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.

“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”

Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.

“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”

Habla el Reo.

-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.

El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.

sev3

Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.

Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.

Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

-Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.