Walter Bulacio: en el cementerio no se soplan velitas

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Foto: Leo Vaca

Miriam Maidana-. El 19 de abril de 1991 hacía calor adentro del Estadio Obras Sanitarias. En verdad era un infierno, pero era habitual: tocaban los Redó. Ya no había Patricio Rey, no se regalaban redonditos de ricota, no monologaba Symms ni había que sacar las entradas meses antes. Monona y sus tetas obelisco andaban ya en España, y el público era más masivo, más popular: de los barrios iban en banda a ver a los Redó. En el Obras anterior habían volado un par de damajuanas, inclusive, y a las chicas nos tocaban el culo.

Los shows de los Redondos que yo recuerde siempre fueron increíbles si te gustaba la música de los Redondos: cuando éramos 300 y cuando fuimos 15.000. Solo que luego del Bambalinas, cuando éramos trescientos, a posteriori había debates fervorosos entre cervezas y pizzas acerca de las letras del Indio (“le hizo crash, crash, el hueso al final”, “fijate de qué lado de la mecha te encontrás, con tanto humo el fiero no se ve”, “Tuve temprano entre mis manos mi boleto y oí que en el ensayo ya chingaban nuestra onda y pensé con la lechuza que circula ya no se puede más para gastarla!” ) y ahora los pibes quebraban con envases de cartón de vino berreta. No se ponía en duda ni se filosofaba ni se analizaba: en los 90´s los Redondos eran un encuentro popular. A sudarla, a agitar la remera, a poguear cuerpo a cuerpo.

1991 fue un año difícil: Menem y su gobierno ya habían indultado a los militares del Proceso, Cavallo imponía el “un peso=un dólar”, la desocupación era tan grande que se creaba el fondo de desempleo y comenzaba a armarse el Mercosur.

La cumbia aún no era la música en las barriadas: sus representantes eran Pocho la Pantera, Ricki Maravilla, La Bomba Tucumana: lejos de los pibes y pibas de los suburbios. Hermética tenía su público, La Renga comenzaba su camino independiente y empezaba a gestarse El Nuevo Rock Argentino (Todos Tus Muertos, Massacre, Babasónicos) junto con el ascenso al universo de Soda Stereo.

Los Redondos eran jodidos de catalogar: eran grandes (el Indio ya había cumplido 42 años, la Negra Poly era abuela y Skay tenía 39. Quiero decir: los Redó eran más viejos que muchos de los padres y madres de su transpirado público), no muy sociables (Skay sí: iba a Cemento y Die Schule a ver bandas nuevas, se tomaba un café en La Giralda de Corrientes), no daban notas salvo a Rosso, Kleinmann y algún viejo amigo del Expreso Imaginario, y se manejaban independientemente.

El primer LP (sí, long play: vinilo) se había vendido anticipadamente. Lo pagabas en la disquería Zival´s, te daban un número (en mi caso: el 66) y dos meses después ibas a buscarlo. Mi vinilo está xerigrafiado por Rocambole, y compré un disco sin escucharlo. Les hablo del año 1985: cuando Gulp! sonó en mi bandeja por primera vez yo era una oficinista de día, universitaria militante de derechos humanos, novia, amiga y recién me afeitaba parte de la cabeza: despedía a la psicobolche, ya escuchaba Ramones.

Fuimos del Bambalinas a Stadium de Constitución, a Cemento, a Palladium. Agitamos con Oktubre, nos quedamos afónicos con el increíble Un Baion para el ojo idiota, y con Bang Bang! Estás liquidado explotaron: dos Obras, otro en la cancha de hockey y esa mierda de noche del 19 de abril.

Fue la última noche que vi a los Redondos en vivo.

Al otro día compré el diario y supe de los disturbios, de la represión en la puerta.

Escuché por primera vez el nombre Walter Bulacio.

Al no existir Internet ni celulares usábamos aún el teléfono de disco: me pasé horas hablando con Vero, con Claudia, con los que habíamos ido la noche anterior a Obras Sanitarias.

Compré el diario todos esos días subsiguientes y me enfrenté a lo siniestro: Walter había muerto.

Lo había matado la policía.

Esperé con el enojo que provocan las muertes en democracia de pibes que aún no habían cumplido los 20 que los Redondos hablaran.

Miento: esperé que el Indio hablara.

Pasaban los días y los días: la abuela y la hermanita de Walter andaban de acá para allá, maltratadas, amenazadas.

Pensé en la Negra Poly, madre y abuela. En Skay, a quién me había cruzado noches antes en un show de Todos Tus Muertos en Cemento. Ellos hablarían, seguro.

Nada.
Un pibe de 17 años había muerto.

No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta los Redondos sacaron un comunicado en dos medios: uno gráfico y el otro en el programa radial del Rafa Hernández.

Críptico como sus letras, no decía nada. Con el agravante que no era poesía ricotera: un adolescente había sido asesinado tras intentar asistir a uno de sus shows por la policía. No hay metáfora si el cuerpo no respira, ¿entienden?

Para mí fue el final: los Redondos en su momento habían sido algo más grande que una banda de rock. Fueron la contracultura y la autogestión en los 80´s. Una mina en pelotas mientras la banda tocaba y la cana subía al escenario a bajarla y una batahola entre público y cana aún en dictadura. Eran las ceremonias de dos veces al año en el Bambalinas para luego ir a las Marchas de la Resistencia en Plaza de Mayo, a ser siluetas, a recibir la democracia, la pizza grasosa de Pirilo, los debates fogosos entre sandwichs de queso y tomate y birra en Los Pinos.

Yo nunca fui ricotera: iba a ver a Patricio Rey, participando de un clan ceremonial. Chiflé a Symms, ebrio y cocainómano tras un monólogo de 40 minutos. Amé a Monona, la striptisera. Y a las BayBiscuits. Comí redonditos de ricota caseros, que regalaba el Doce. Analicé las letras del Indio en un Taller con Tom Lupo. Leí sus notas en Cerdos y Peces. Comencé a pasarla mal con la damajuana voladora. Y me alejé con la muerte de un pibe.

Uno de mis primeros Vida de Ratas en la Heavy Rock & Pop se llamaba: “En los cementerios no se soplan velitas”.

Me refería a Walter.

Y aún lo pienso: 22 años después, la muerte adolescente me sigue pareciendo obscena.

Innecesaria.

Y me sigue doliendo.

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