Amar a un varón violento, el relato de tres mujeres profesionales

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Julia Muriel Dominzain y Leila Mesyngier -Cosecha Roja.-

– Nos vamos – dijo, golpeó con el puño la mesa, se dio vuelta y salió a la calle.

El novio de Marina la había ido a buscar al aula de la Facultad de Ciencias Sociales en la que cursaba, no la vio, recorrió la sede y la encontró en el bar. Ni bien lo escuchó, Marina se levantó de la silla, juntó sus papeles y le pidió disculpas a los compañeros con los que hacía un trabajo práctico. “Yo me voy, después hablamos”, dijo evitando la repregunta. Lo que siguió fue una típica escena de violencia de género, la misma de los barrios, la misma de los countries: él le gritó, la zamarreó, le tiró el celular, la escupió y se fue corriendo. Cuando ella logró reaccionar y quiso parar un taxi, él volvió a aparecer, le rompió los cuadernos y la siguió insultando.

Marina es abogada de la Universidad de Buenos Aires y en 2011 estudiaba Sociología como segunda carrera. Tenía 26 años, un buen trabajo y un novio que la controlaba, la celaba y le exigía información: aula, materia, profesor y compañero de banco. “Sólo para saber”, le decía. Cada tanto, chequeaba si era verdad. Ese día la encontró en el bar y la sorprendió. Ella omitía contarle sus actividades cuando tenía que hacer algo en donde había varones, era una forma de protegerse. “¿No ves que sos una puta? Te cogés a todos, sos una inútil, sos una negra”, le gritaba. “Pero bueno, sos linda, me gustás mucho”, agregaba.

Claudia Schaefer, la mujer asesinada por su marido en el country Martindale de Pilar, soportó una década la violencia de género y hace 20 días hizo su primera denuncia. Marina luchó contra un novio violento durante cuatro años: dos de relación y dos de hostigamiento después de la separación. Le costó entender que era víctima de violencia de género y que la problemática atraviesa todas las clases sociales. “Hay un prejuicio de que si una mujer es violentada es porque es pobre. A mí no me daban bola porque decían ¿qué te va a pasar a vos si sos abogada, estás formada?”, contó a Cosecha Roja.

“Yo había perdido mucho peso, no estaba bien psicológicamente. Él todo el tiempo me amenazaba con que me iba a pasar algo físico pero, en nombre del amor, uno no lo cree”, dijo Marina. Recién cuando se animó a acercarse a la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema tomó conciencia de lo que le pasaba. “Me hicieron dar cuenta de que mi vida estaba en peligro”, dijo. Hoy tiene marcas que no se van: una lesión en el pulmón y la vesícula dilatada.

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El femicidio de Schaefer impactó en la agenda mediática porque fue en un country. Según la inspección ocular de esta mañana y la declaración de los testigos, la fiscal Carolina Carballido Calatayud cree que Farré tenía planeado asesinar a su esposa y que preparó los dos cuchillos con los que la degolló el viernes en el vestidor. La defensa buscó atenuar la pena alegando “emoción violenta”: el abogado sugirió que estaba deprimido, que no había tomado la medicación y que se había quedado sin trabajo.

El foco de la historia quedó puesto en el dinero. “La violencia de género no está relacionada con las clases sociales, las atraviesa”, dijo a Cosecha Roja  Karina Bidaseca, investigadora del CONICET. En todos los casos, el hombre vuelve a la mujer un objeto que considera parte de su propiedad y que necesita de su permiso para circular, estudiar, hacer su vida. Lo que sí cambia es que “cuando la mujer tiene mayor empoderamiento económico es más independiente y cuenta con una herramienta para salir”, explicó.

La paradoja es que eso mismo que salva a las mujeres de clases medias y altas, las pone en peligro. “Cuando se invierten los roles, y ella se convierte en la proveedora, se vuelve una amenaza para el hombre que se siente subestimado y ve afectada su virilidad”, dijo. A más de un tercio de las mujeres que son víctimas de violencia, las acosan con el tema económico, según datos de junio de la OVD.

“La autonomía de la mujer rompe la lógica de la familia patriarcal. La particularidad de las clases medias y altas es que la mujer puede tener resueltos sus ingresos -son profesionales, tienen sus trabajos, deciden sobre sus consumos-. Entonces la disputa pasa al plano de la división de bienes, propiedades y cuota alimentaria”, dijo a Cosecha Roja Vanesa Vázquez Laba, socióloga y coordinadora del Programa contra la Violencia de Género de la Universidad de San Martín (UNSAM).

Schaefer trabajaba en una compañía de vinos y tenía una sociedad con Farré. Tenía posibilidades de subsistir sin él. El viernes pasado se reunieron en el country para terminar de acordar los detalles del divorcio y para que ella se llevara la ropa que le quedaba allá. “En los sectores populares muchas veces las mujeres toman la decisión cuando salen al mercado laboral y logran generar los ingresos que le dan autonomía. En los sectores medios y profesionales lo económico está resuelto y la disputa pasa a ser sobre los bienes: repartir lo mío y lo tuyo”, dijo Vázquez Laba.

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Patricia estaba separada y tenía una hija. Conoció a su nuevo novio a través de los amigos, empezaron a salir y se fueron a vivir juntos. Ella trabajaba mucho y él se ocupaba de pagar las cuentas y hacer tareas domésticas. “Un día me tocó el timbre el portero para decirme que debíamos seis meses de expensas. Él se puso loco: salió por el pasillo a los gritos, pateó la puerta y lo agarró del cuello al encargado”, contó a Cosecha Roja. Al día siguiente recibió un llamado: la dueña del departamento le pedía que lo dejaran porque debían más plata de lo que ella imaginó.

Se separaron, pocos meses después se reconciliaron y se mudaron a un semipiso con una vista hermosa. Ella había ascendido en su trabajo y tenía un mejor sueldo. “Trabajaba muchas horas pero estaba contenta porque por primera vez en mi vida me iba muy bien económicamente. Él empezó a mostrar malestar. Pero yo no tenía ninguna noción de peligro, estaba como adormecida: teníamos amigos en común, la familia lo conocía, ¿cómo me iba a pasar algo?”, contó. Ella se encerraba cada vez más. “Me daba vergüenza: nuestra convivencia se parecía a una guerra fría pero para afuera lucía todo muy bien”, dijo.

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“¿Puedo ir a dormir a tu casa?”, tipeó en el celular Florencia y se lo mandó a una amiga vía SMS. Media hora después llegó a la Ciudad Cultural Konex con un vestido negro y corto, las uñas pintadas y el pelo suelto. Las amigas lo supieron: se había separado.

Hacía tres años que había dejado de cuidar su estética, de comprarse ropa y hacerse las manos. Tampoco respondía los llamados ni iba a las salidas: su vida giraba en torno a evitar “armar lío” con el novio. “Si salíamos con sus amigos, todo bien, pero si yo iba con los míos y no lo invitaba, siempre algún bardo había”, contó Florencia a Cosecha Roja. La excusa del enojo podía ser cualquiera, que llegaba más tarde de lo acordado o que demoraba en responder un mensaje. Si le preguntaban por qué estaba con él, ella tenía una sola respuesta:

– Lo amo.

Florencia había estudiado periodismo y se estaba por recibir de Licenciada en Economía en la UBA. El día que decidió separarse no fue un final, fue el principio de otra cosa. Durante varias noches durmió en lo de una amiga. A la madrugada sonaban los celulares: él llamaba de forma ininterrumpida al de Florencia y el de todas sus conocidas. “¿Dónde está?”, interrogaba al que atendiera. “Me di cuenta de que fui víctima de violencia de género mucho tiempo después”, contó.

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Ni Marina ni Florencia ni Patricia se llaman así. Las tres resolvieron sus historias con varones violentos, hicieron denuncias, aprendieron, fueron a terapia, formaron nuevas parejas y siguieron adelante con su vidas. Pero no todos en su entorno saben que fueron víctimas de violencia de género. “En las clases medias y altas el prestigio cumple una función social importante. En los countries, por ejemplo, el estereotipo de clase pesa mucho más y la mujer tiene una carga extra sobre su apariencia, imagen, status”, explicó Bidaseca.

La psicóloga Miriam Maidana dijo a Cosecha Roja: “En las clases más altas da vergüenza ser víctima: se lo dejas de contar a todos, te vas encerrando, te quedás en una posición de miedo. No hay una naturalización de la violencia pero sí cierta conciencia del peligro. Por algo Claudia Schaefer no fue sola a buscar la ropa al country”.

Schaefer había denunciado a Farré el 4 de agosto. Contó un episodio en el que ella lo amenazó con grabarlo con el celular si seguía discutiendo temas económicos adelante de los hijos y él la tiró al piso y le puso el pie encima para inmovilizarla. La OVD consideró que el riesgo era leve y la jueza Marcela Sommer dictó la medida cautelar de exclusión del hogar y no acercamiento. La Ley 26.485 de protección integral de las mujeres prohíbe las audiencias conjuntas en casos de violencias. Algo de eso intuyó Claudia, que fue al encuentro en compañía de su abogado.

El viernes la mujer se convirtió en una más de la lista de víctimas de femicidio. En 2014, según datos de la Casa del Encuentro, 277 mujeres murieron en manos de varones. Desde 2008 hay más de 2000 niños, niñas y adolescentes que se quedaron sin mamá. En la ciudad de Buenos Aires, de los 176 homicidios dolosos, el diez por ciento eran mujeres y de esa cifra la mitad fueron femicidios, según el Instituto de Investigaciones creado por Raúl Zaffaroni -que ahora depende del Consejo de la Magistratura-.

Foto: Facebook

[Nota publicada el 25/8/2015]

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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