Donna DeCesare: premio Cabot para la fotógrafa de la violencia

Flee Bombing

Los María Moors Cabot homenajean a periodistas que cubren el hemisferio oeste y que, a través de su trabajo, promueven el entendimiento entre el norte, centro y sur del continente americano. Este año los premios celebran su 75 aniversario, lo que lo convierte en el premio más antiguo del periodismo internacional,.

Alejandro Santos Rubino, director de la colombiana Revista Semana, Mauri König, reportero de Gazeta do Povo del estado de Paraná, el periodista estadounidense Jon Lee Anderson, de la publicación New Yorker Magazine, y la fotógrafa y escritora Donna De Cesare fueron los ganadores del premio este año.
En su reciente visita a la Argentina, Donna DeCesare habló sobre cómo retratar la violencia urbana
Lucía Cámpora, Infojus-. Donna DeCesare tenía cinco años cuando entró por primera vez a un cuarto oscuro. Allí, entre las sombras, vio como su padre, que había fabricado una cámara estenopeica, trabajaba con los químicos para convertir los negativos en imágenes.  Y ahí empezó todo.

Hija de inmigrantes europeos, DeCesare creció en los suburbios de Nueva York en una familia de clase media de la que fue la primera universitaria. Después de estudiar literatura y defender una tesis sobre el Ulises de James Joyce, trabajó en la prestigiosa editora Penguin Books; pero el periodismo y la fotografía la llamaban. En los ’80, durante sus vacaciones, comenzó a viajar a Irlanda del Norte para cubrir el conflicto político para un diario de inmigrantes irlandeses en Estados Unidos. Movilizada por las historias de desarraigo y violencia urbana, llegó a Centroamérica donde comenzó un extenso trabajo fotográfico que publicó en varias revistas y periódicos.

Este año reunió sus fotos y textos en “Desasosiego”, un libro bilingüe editado por la Universidad de Austin, Texas, donde es profesora.  Las fotografías que aparecen allí son un reflejo de la  mirada que  caracteriza a DeCesare; un acercamiento profundo y sensible, más vinculado a la antropología que al reporteo.  Antes de sacar la cámara, pasa tiempo con sus entrevistados; los escucha, intenta comprender cómo viven. El retrato viene después, cuando el objeto de la fotografía se transforma en sujeto.

Invitada a Buenos Aires en el marco del encuentro “Diálogo entre políticas de seguridad y nuevas prácticas periodísticas” que se realizó en la Biblioteca Nacional, esta fotógrafa, documentalista, y escritora, conversó con Infojus Noticias sobre su recorrido, sus experiencias y su concepción de un periodismo comprometido, que sea consciente de una mirada.

– ¿Cómo fue el salto a la fotografía?

– Durante mis vacaciones yo visitaba Belfast, en Irlanda. Tuve dos amigos allí, uno de cada lado del conflicto político, y a través de las fotos yo podía hacer de puente para que uno pudiera conocer a la familia del otro. Empecé a sacar fotos, sentía que eso era algo que quería hacer, realmente. Pero siempre con la duda de cómo podía ganarme la vida con eso. En las generaciones de inmigrantes suele haber un mandato de pegar un salto social. De ser “mejor” que nuestros padres para alcanzar el “sueño americano”.  Pero mi padre, que siempre quiso ser artista, no me presionó y me estimuló para que siguiera mi vocación. Él me decía  “No hay que pensar en el dinero, eres inteligente y puedes hacer lo que quieras”. Siempre le estaré agradecida por eso.

– ¿Cómo te acercaste a Centroamérica?

– Fue a través de un reportaje para el diario, sobre un grupo de monjas irlandesas-estadounidenses del Movimiento Santuario. Tenían un programa para proteger refugiados de El Salvador y Guatemala. Yo estaba muy conmovida con las historias de los centroamericanos,  sentía que quería ir allá, era una historia en la que mi país estaba involucrado. Estábamos pagando impuestos para enviar dinero a los militares de esos países. Y  yo quería saber lo que realmente estaba pasando allí. Ver cómo estaba viviendo esa gente.  Y me decidí.  Renuncié a mi trabajo en la editorial  y me fui a Costa Rica en 1987 para aprender mejor español. Y después a El Salvador. Tendría 25 o 26 años.

– ¿Qué recordás de esa primera experiencia?

Muy rápidamente me choqué con el clasismo. Apenas llegué a El Salvador, quien me alquilaba la casa, me obligaba a tener a una chica del lugar como mucama. Yo soy hija de inmigrantes, de clase obrera, no me gustaba la idea de tener a alguien trabajando para mí pero si no lo hacía no me podía mudar.  Entonces fui a ver a unas monjas que había conocido y me presentaron a Adela, una muchacha que fue ex guerrillera de niña,  una “niña soldada”. Decidí darle el trabajo.  Me dijeron que tenía que dormir en un cuarto fuera de casa, que estaba en muy mal estado, con un colchón con moho y orín. Eso era lo que se acostumbraba con “las muchachas”.  Pero yo quise que durmiera adentro de la casa, en mi cuarto de huéspedes. La mujer que me alquilaba la casa se indignaba y me decía: “el vaso de plástico es para la muchacha, no hay que darle los mismos trastos que usan ustedes”.

– ¿Cómo  fue el primer acercamiento a la zona de conflicto?

En cualquier trabajo, primero  investigo. Busco gente que viva en la zona que puedan acompañarme. Allí me ayudó mi relación con las monjas y Adela, que venía de ese lugar.  Estaban organizando una repatriación de refugiados muy grande desde un campamento en Honduras. La gente iba a volver a la zona conflictiva, y yo quería conocer la zona antes de que llegaran. El ejército tenía un reglamento para la prensa, teníamos que tener un carnet de periodistas y un salvoconducto. Pero yo sabía que me lo iban a dar por cinco horas nada más, entonces decidí ir sin eso.

 

Con su libreta de conducir como única identificación, Donna se despidió de las monjas y se bajó del auto. Acababan de pasar el último pueblo en el que debía presentar salvoconducto. Vestía una falda negra y una blusa sencilla. El día anterior se había puesto una cruz de macramé negra, como las que hacían los guerrilleros. También las usaban las monjas. El auto continuó viaje y ella comenzó a caminar detrás de una mujer campesina que debía guiarla. Le llevaba una cuadra de distancia para no despertar sospechas. Cuando llegó al puesto de los soldados, sólo le preguntaron adónde iba. “A la misa”, dijo ella. El auto del obispado había pasado por ahí y los militares sabían que el padre estaba en la zona. “Vaya con dios, hermana”, le dijo el soldado. Y pasó. Allí se quedó dos semanas, conoció a la familia de Adela y se le abrió un mundo al que volvería una y otra vez.

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Migraciones, pandillas y violencia

– ¿Por qué te interesaron las maras?

– Algunos salvadoreños salieron hacia México, y otros siguieron hasta Los Ángeles. Como yo soy hija de inmigrantes, tenía interés en ver cómo los nuevos inmigrantes se adaptaban a Estados Unidos. Al principio, mi idea era sólo hacer un seguimiento  de la entrada a la vida estadounidense de la primera generación. Y en esa búsqueda me encontré con las pandillas juveniles. En Los Ángeles había una cultura de pandillas bastante vieja, no fue un fenómeno novedoso. La historia de Estados Unidos y la inmigración está llena de crimen organizado, pandillas, mafias, cada grupo tenía su historia. Los nuevos inmigrantes de Centroamérica llegaban a los barrios que ya tenía la cultura de pandillas y sintieron que para su protección tenían que formar sus propios grupos. Así es cómo surgieron – a través de la deportación – las dos maras más fuertes en Centroamérica: Salvatrucha y el Barrio 18.

– ¿Cómo te vinculás con un pandillero para fotografiarlo?

– A través de la fotografía. Yo llevé fotos de Franklin, el primer pandillero que encontré en Centroamérica muriendo de sida. Él buscaba a su mamá y me dio la dirección de Los Ángeles. No logré encontrarla,  se había trasladado de casa; era todo muy caótico. Pero en la búsqueda encontré otros pandilleros, y yo les explicaba con la foto en la mano “busco a la familia de este muchacho porque fue deportado”. Ahí ellos empezaban a contarme su historia. Al principio,todo el mundo piensa que una es policía. Pero yo tenía carnet de prensa y fotos publicadas en revistas de mis años en Centroamérica. Y para ellos el hecho de que yo hubiera trabajado durante la guerra me enaltecía. Decían: “¡Esa mujer fue a la guerra en nuestro país!”. Muchos de ellos tenían experiencias infantiles muy que nunca podían hablar con nadie. Y entonces yo los escuchaba, les dedicaba el tiempo que fuera necesario. No soy psicóloga, pero escucho, y ellos querían contar. Ellos me decían “yo soy de San Miguel” y yo podía decir “ah, sí, la iglesia…”. Les daba un gran sentimiento de nostalgia que yo pudiera recordar esos lugares.

– ¿Qué buscás cuando fotografiás la violencia?

Busco las cosas que muchas veces no son tan aparentes. La gente mira la violencia como el mal, en términos absolutos. Entonces yo busco sacar fotos que muestren la complejidad moral del sufrimiento con el que viven las víctimas y  quienes perpetúan la violencia.  La violencia es un mecanismo de dolor, y creo que eso es muy evidente en mis fotos. Hay una foto que saqué en una brincada, que es cuando los jóvenes se inician en la pandilla. Yo estaba muy cerca de ellos y se ve que yo tenía una expresión triste. Uno de los jóvenes me dijo: “Pero, Donna, ¿no le gusta la violencia?”. Y yo le dije que no.  Entonces él me preguntó: “¿y por qué le gustamos nosotros?”  Ahí le respondí que yo veía mucho más que violencia en ellos.  Fue un diálogo franco. Y es así como pude trabajar con ellos.

– ¿Qué significa para vos la fotografía?

-Creo que la fotografía es una conversación entre el sujeto y la fotógrafa o fotógrafo. Escogemos el momento o la expresión, pero también, cuando una se abre, el otro va a abrirse también. Es una ida y vuelta. Busco evitar los estereotipos. Para mí un estereotipo es una máscara para esconder, o es un prejuicio. Ellos posan porque ya no confían. Se ponen frente a la cámara diciendo “fuck you.  Si ustedes nos miran así, nos vamos a portar así”. Yo quiero quitar esa máscara, y ver realmente quiénes son.

-¿Cómo se deben abordarse esas historias desde el periodismo?  

Yo creo que tenemos que hacer un periodismo más global, con crónicas más complejas. Si uno está cubriendo la noticia de un crimen para un periódico, hay que contar más allá de lo que pasó. Si es un homicidio, hay que contar la historia de esa persona que no es sólo una cifra, es un hijo. También la del asesino. El periodismo es para contar las historias, no para hacer Justicia. Después los lectores ven qué hacen con eso. Y siempre hay una mirada, la del periodista, que debe prevalecer.  Yo no creo que mi libro haga justicia, pero puede servir para remover sensibilidades, para que se conozca mejor quiénes son estas personas que viven inmersas en la violencia.

 

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