El retratista de los muertos en los Llanos

Carlos Ramírez

El Tiempo.-

Sobre el estrecho escritorio de Carlos Ramírez, jefe de morfología del CTI en la capital del Meta, están ya las primeras once imágenes de cráneos sin dueño a los que este científico, que también es artista, les puso un rostro en carboncillo. Antes de acabar este año serán 50, y el siguiente reto es que cada uno de los 1.700 cuerpos que llegaron sin ninguna identidad a esta seccional -la de jurisdicción más amplia en el país- recuperen la cara que tenían en vida.

Este morfólogo bogotano, que habla con acento llanero, lleva 17 años dedicado a la “ciencia del dibujo”. Sus retratos han ayudado a la identificación y captura de asesinos en serie y hasta de los ladrones más grandes de la historia en Colombia: los que se llevaron el botín del Banco de la República de Valledupar.

En los últimos meses, ante la avalancha de muertos recuperados de las fosas comunes de los paramilitares, se dedicó de lleno a una de las ramas más difíciles de esta profesión: la de reconstruir los rostros de personas, teniendo como único punto de partida el cráneo.

Del éxito de su misión depende que centenares de familias del Llano puedan enterrar a sus muertos, y que otras de la Costa, el Eje Cafetero, Antioquia y Cauca hagan lo propio con centenares de muchachos que se fueron a pelear en alguna de las muchas guerras de los grupos ilegales del oriente del país.

“Un cráneo en buen estado permite no solo determinar sexo, raza y edad. Se puede saber qué apariencia tenía la persona: el tamaño de las cejas, la forma de la cara, de la nariz, desde dónde comenzaba el pelo y hasta el tamaño de la boca”, asegura Ramírez. El trabajo de un solo caso puede durar meses. Poco a poco, como en una película, las fotografías de las calaveras empiezan a cobrar vida, en un proceso que incluye probar varios posibles peinados de la víctima, para tener mayores chances de identificación.

Al Meta -dice el director seccional del CTI, Pedro Gordillo- llegaron desde todo el país personas que engrosaron las filas de los grupos paramilitares. “Villavicencio es una zona con un desarrollo mayor del conflicto. Hubo un exterminio durante la guerra entre las Autodefensas de los Castaño y ‘los Buitragueños’ (la gente de ‘Martín Llanos’); además hay muchos muertos de la guerrilla”, asegura.

En poco más de un lustro, allí han sido recuperados 3 mil cuerpos de fosas comunes. A Villavicencio llegaron esos despojos desenterrados en Vichada, Guainía, Guaviare, Vaupés y el mismo Meta. En 1.700 casos no había ninguna pista de identidad, salvo los esqueletos, a los que Ramírez se dedicó de lleno.

“Es una satisfacción personal que un auxiliar de la justicia pueda identificar restos frente a los que ya se agotaron todas las posibilidades”, asegura el morfólogo. Mientras EL TIEMPO hablaba con él en Villavicencio, hace tres semanas, en Bogotá una madre recibía después de nueve años noticias sobre una joven que Carlos identificó y que fue desaparecida por los ‘paras’ en Guaviare. Aunque aún falta el cotejo más certero, las pruebas de ADN, la mujer aseguró que la reconstrucción del rostro que le mostraron parecía una fotografía de su hija.

De físico a retrato hablado

Carlos decidió abandonar los ocho semestres que había hecho de Física para convertirse, en 1987, en uno de los alumnos de la primera Escuela de Criminalística, que años después sería el germen del CTI. También fue uno de los pioneros en los cursos de Morfología, que aunque son intermitentes y por largas temporadas suspendidos, han permitido que la Fiscalía tenga al menos un experto en casi todos los departamentos del país.
Uno de sus últimos aciertos fue hace un par de meses, cuando hizo el retrato hablado de un sicario que había asesinado a tres personas en San José del Guaviare. Una semana después, el criminal fue capturado.

Sus compañeros aseguran que es un artista. Él dice que, para hacer su trabajo, se necesita mucho más que capacidades de dibujante: “Este es un oficio que no se aprende en Bellas Artes”, asegura.

Pero desde muchacho tenía habilidades. En los 80, antes de que decidiera qué iba a hacer con su vida, su dibujo fue declarado ganador por un jurado del Colegio Cooperativo de Venecia, en Bogotá. Le dijeron que su lápiz parecía haberle dado vida a un hombre que murió hace dos mil años: Jesucristo.

Así hacen una reconstrucción 

La morfología facial forense tiene nueve protocolos o campos de acción. Se aplican para la búsqueda de personas prófugas (técnicas como el reconocimiento fotográfico y el cotejo morfológico facial). También se usan los procesos de envejecimiento y de caracterización. Para la identificación de desaparecidos, se emplea la reconstrucción del rostro con base en imágenes proyectadas desde el cráneo recuperado. Un último protocolo, poco usado por los altos costos, es la reconstrucción facial tridimensional. Fue usada por Medicina Legal para identificar a un grupo de indigentes asesinados por criminales que los vendieron, como cuerpos de estudio, a la Universidad Libre de Barranquilla en los 90.

‘Cuando vimos el dibujo, supimos que Maira no volvería’

A Maira Alejandra Castro, de 18 años, junto con dos de sus amigas, los paramilitares se la llevaron de una taberna en Vistahermosa (Meta) en el 2004. Desde entonces, sus padres y sus tres hermanos emprendieron una búsqueda desesperada que acaba de terminar. “Fuimos a preguntarles a los ‘paracos’ y nos dijeron que no buscáramos problemas, que si queríamos regresar con la jeta llena de moscas”, recuerda Jorge Castro, el padre.
Hace un año, un desmovilizado de las autodefensas, Leonardo Escobar Londoño, ‘Pájaro’, confesó el crimen de las jóvenes ante una fiscal de Justicia y Paz de Villavicencio. Entregó la ubicación de la fosa y la descripción de Maira, que fue dibujada por el morfólogo Carlos Ramírez.

“Cuando me mostraron el retrato hablado que había hecho el señor de la Fiscalía, supimos que era Maira. No había vuelta atrás, era exacta. Ahí perdimos la moral de que la niña estuviera viva”, asegura Ana Judith López, madre de crianza de la muchacha. La familia asegura que el paramilitar que se llevó a su hija sabía que ella no era amiga de la guerrilla. Incluso se investiga si el crimen fue una retaliación porque las jóvenes se negaban a salir con los ‘paras’.

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