“Es difícil aprender a vivir sin un hijo”

gabriel blanco - Facundo G. Díaz

Leandro Alba – Cosecha Roja.-

Gabriel Blanco se negó a robar para la policía. Igual que a Luciano Arruga, lo hostigaron hasta la muerte. La versión oficial dijo suicidio, pero hay cinco oficiales de la comisaría 2 de Isidro Casanova imputados por el delito de “tortura seguida de muerte”. La causa recorre los juzgados de La Matanza desde marzo de 2007 sin fecha para el juicio y la organización que patrocina a la familia colecciona amenazas. “Es difícil aprender a vivir sin un hijo”, dijo a Cosecha Roja Teófilo Blanco, el papá de Gabriel.

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Ocho años atrás, la expresión en los ojos de Teófilo era distinta. Estaba feliz porque su hija Vanesa acababa de hacerlo abuelo y preocupado por Gabriel. “La policía le había pedido que robara para ellos. Yo le dije que no, que nunca hiciera eso porque les iba a servir un tiempo y después lo iban a matar”, contó el papá.

Gabriel también estaba entusiasmado por la llegada del sobrino. Estaba entusiasmado con la idea de que su hijo de dos años tuviera un primo con quien jugar y quería recibirlo con un regalo, con algo para estrenar. Por aquel entonces trabajaba en una pollería en San Justo y su economía empezaba a mejorar. Pero siempre había algo que lo preocupaba, lo acechaba, lo perseguía.

El 1° de marzo de 2007 el joven de 21 años pasó por la casa a buscar algo de dinero. Al llegar, apoyó su moto en el portón de la calle Edison, en el barrio Borgward, de Isidro Casanova. Cuando iba a atravesar la reja, sintió la sirena. La luz azul lo envolvía todo: los policías lo habían seguido.

Los vecinos no recuerdan dónde recibió el primer golpe, solo saben que fueron muchos. Después los agentes lo escoltaron hasta el móvil. Llegó a la comisaría N°2 de Isidro Casanova a las 17. A la medianoche lo trasladaron al Hospital Paroissien -de la misma localidad-. Su corazón no respondía.

Para los policías no había mucho que investigar. Las declaraciones fueron monocordes: el muchacho se había suicidado con una cuerda en la celda. Podían cerrarse los expedientes, inclusive podían parecer coherentes los libros de actas y marear los tecnicismos. Pero a Teófilo algo no le cerraba. “Yo quería saber qué fue lo que sucedió desde que lo detuvieron hasta que llegó al hospital”, dijo. Así comenzó la lucha.

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El muerto que habla

El funeral de Gabriel fue en el living de la casa, que tiene ladrillos a la vista, piso de material y división de cortinas. “Es una costumbre que traigo de Misiones. Así despedimos a nuestros muertos”, contó Don Teo, como lo llaman los vecinos en el barrio.

En un momento, durante el velorio, se cortaron los llantos y los abrazos. El silencio fue ensordecedor. “Se le abrió la boca. Cómo, no sé. Pero se le abrió. Entonces me acerqué, lo quise tapar y ahí me di cuenta que al Gabi le faltaban piezas dentales”, dijo. Desde aquel instante, el cuerpo de Gabriel Blanco comenzó a hablar: por las huellas, por los golpes, por los hematomas y hasta por una fractura de cráneo.

Mientras revisaba a su hijo, Don Teo comprendió lo que había pasado en la tarde del 1° de marzo del 2007 en la comisaría N°2 de Isidro Casanova. Con cautela, la familia retiró la mortaja que estaba prolijamente adherida a la piel del cuerpo. Tenía tierra en la espalda. “A mi hijo lo mataron en el piso”, denunció Don Teo.

Inseguridad

Cuando los miembros de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de La Matanza explican las condiciones en las que se produjo la muerte de Gabriel Blanco no pueden evitar referirse al caso de Luciano Arruga. Las historias parecen calcadas. Luciano tampoco quiso robar para la policía, fue víctima de malos tratos, detenciones y torturas.

A Arruga lo vieron por última vez el 31 de enero de 2009. El cuerpo apareció enterrado como NN en el cementerio de la Chacarita casi seis años después. Mediante la investigación se descubrió que murió atropellado en General Paz y Emilio Castro. “Corría desesperado, parecía estar escapando”, dijo el conductor del auto que lo chocó.

Para Pablo Pimentel, presidente de la APDH, existe una “evolución diabólica” en los métodos policiales: “Sergio Daniel Díaz fue detenido (en agosto de 2001) por averiguación de antecedentes. Falleció en la comisaría 5 de González Catán (La Matanza). La autopsia indica que su muerte se produjo por el impacto realizado con un objeto, por energía cinética. Le dieron una terrible golpiza”.

“Después, llegó la detención de Gabriel (Blanco) y simularon un suicidio”, dijo Pimentel. Con el caso Arruga fueron más lejos: primero desaparecieron el cuerpo, después quisieron simular un accidente. “La evolución en las prácticas la han aprendido con la experiencia”, explicó.

El organismo consiguió la imputación de cinco policías por la muerte de Blanco: Daniel Omar Dos Santos, Claudio Horacio Ilundaynl, Rubén Darío Suárez, Ariel Gómez y Pablo Balbuena. Los últimos tres están bajo prisión preventiva. Rubén Fernández, uno de los abogados de los uniformados, pidió la excarcelación y la justicia se la negó. Paralelamente, la APDH comenzó a sufrir amenazas.

“Hay una verdadera campaña de hostigamiento que tiene como corolario una acusación en mi contra”, expresó Pimentel sobre una denuncia que pesa sobre su persona, realizada por el propio Fernández y los familiares de los acusados, por supuestas presiones para que dos presos modificaran su testimonio el perjuicio de los acusados.

Hay más. En mayo pasado, una grupo de desconocidos que se trasladaban en una camioneta oscura frenaron a la par de la moto en la que se desplazaba la hija de Pimentel junto a su pareja. Desde el asiento trasero, sin intercambiar palabras, un hombre sacó un revólver. Solo los apuntó. Luego se retiraron.

Un episodio similar sufrió Cristian Blanco, uno de los abogados que milita en la entidad. “Uno no quiere sacar conclusiones apresuradas. Pero la verdad es que acá cierra todo: cada acontecimiento es parte de una campaña de amedrentamiento y la verdad es que, atando todos los cabos, no es difícil comprender de dónde viene”, expuso.

Una causa que rebota

El juicio que buscará conocer la responsabilidad de los cinco policías en la muerte de Gabriel Blanco todavía no tiene fecha. “El Tribunal Oral Criminal 3 se declaró incompetente, por lo que recayó en el 5. Pero este último se niega, porque entiende que el tribunal original no alegó los argumentos suficientes como para desprenderse de la causa”, sintetizó el presidente de la APDH.

Teófilo mira la escena desde afuera como si fuera un partido de tenis: la causa rebota en cada despacho. Don Teo sabe que en el TOC 5 fue el que, el 6 de mayo de 2009,  absolvió a Leonardo Brandán, Mauro Ponti, Luis Acuña, Rubén Steingruber y Natalio De Nardis por la muerte de Gastón Duffau. Los cinco policías eran investigados por el delito de “tortura seguida de muerte”, la misma carátula que lleva el caso Blanco.

A Duffau lo habían detenido en febrero de 2008 por supuestos disturbios en un local de comidas rápidas ubicado en Ramos Mejía (La Matanza). Unas horas después, cuando llegó al Hospital Haedo, no respiraba. Su cuerpo tenía claros signos de violencia: cinco costillas rotas y una fractura en la segunda vértebra cervical junto con el cartílago.

La expectativa de Teófilo es que la causa desembarque en el TOC 3 de La Matanza. Allí, el 15 de mayo de 2015, Julio Diego Torales fue condenado a diez años de prisión por torturar a Luciano Arruga en el destacamento de Lomas del Mirador el 22 de septiembre de 2008, meses antes de su desaparición.

Don Teo vino de Misiones hace casi 38 años. Se sube a su desvencijado Peugeot 504 color crema a las cinco de la mañana. Se baja cerca de las ocho de la noche. Es mucho tiempo, lo sabe, está acostumbrado. En estas casi cuatro décadas de su llegada a Buenos Aires adquirió nuevas costumbres y desechó otras: “Pero hay algo a lo que uno nunca se acostumbra. Nunca voy a aprender a vivir sin un hijo”.

Foto: Facundo G. Díaz 

[Nota publicada el 17/7/2015]

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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