Fritanga, otro narco interesado por el arte

Semana.-

La estrambótica boda de ‘Fritanga’ indignó a Colombia, pero pocos se fijaron en un detalle. Detrás de los invitados y los novios, cubierta por escarcha fucsia y elaborada en icopor, estaba Love, una de las obras cumbres del pop art.

La pomposa celebración de más de un millón de dólares, los 200 invitados con todos los gastos pagos, el alquiler por nueve días de una isla privada, la presencia de cantantes, modelos, actores y personajes públicos, todo recuerda a las parrandas de los hermanos Rodríguez Orejuela y de Pablo Escobar en la década de los ochenta.

Pero esta vez no solo quedaron los rumores de las fiestas de los narcos, las cámaras digitales hicieron lo suyo y las evidencias de la rumba se expandieron como pólvora en internet. Los cibernautas las vieron y las compartieron cientos de veces, tantas que hasta el mismo narcotraficante se ofendió y vía tutela reclamó su derecho a la intimidad.

Sin embargo, pocos repararon en que la escultura con la que jugaban todos los invitados de la fiesta se trataba de la obra Love. Al igual que las latas de sopa de tomate Campbell de Andy Warhol, este poema escultórico es un icono de la cultura popular norteamericana.

De no ser por la fiesta de Fritanga esa obra, ni una de las tantas falsificaciones y adaptaciones que han surgido, jamás hubiera pisado el territorio colombiano.

Las cuatro letras mayúsculas que forman la palabra amor en inglés han aparecido, con y sin permiso de su creador, en museos de todo el mundo y lugares emblemáticos como la Sexta Avenida de Nueva York y el edificio Taipei 101 de Taiwan, por no mencionar los sellos postales, las camisetas, las tazas, los bolsos, los carteles y hasta un doodle.

Su origen se remonta a 1964, cuando Robert Indiana la creó por un encargo del Museo de Arte Moderno de Nueva York, para una tarjeta de navidad.

Pero nada supera la versión colombiana de Love. Los organizadores de la boda de Fritanga, sin reparo alguno, la impregnaron con la narcoestetica del exceso y el brillo y se volvió en el lugar favorito para fotografiarse.

En los sesenta Love se convirtió en el símbolo del movimiento pacifista y luego, fue utilizada como emblema de los skaters en las campañas contra la prohibición del patinaje en los espacios públicos, pero ahora, tristemente, es otro símbolo del que se adueñó la cultura narco.

No es la primera vez

En los ochenta el Consejo Nacional de Estupefacientes confiscó 20 mil obras de arte, entre ellas cuadros de Rubens, dos de ellos pertenecientes a alias ‘Rasguño’, algunos de Picasso propiedad de Pablo Escobar y decenas de obras de Botero, el artista favorito de ‘Los Mágicos’.

Como explica Santiago Rueda Fajardo en su libro “Una línea de polvo. Arte y drogas en Colombia”, con el boom del narcotráfico los mafiosos empezaron a adquirir arte de forma masiva, no sólo como medio de ascenso social, sino por su función económica.

Comprar pinturas era una excelente inversión. Además, fácilmente podían lavar dinero al colgar un cuadro de uno o dos millones de dólares en sus paredes. Primero eran los mejores carros, luego, apartamentos de lujo y en lo más alto de la pirámide social estaban los capos que mercaban arte para tapizar sus propiedades.

Se creó una burbuja económica que disparó la tarifa de los artistas criollos. De hecho, como dijo Marta Traba en aquella época: “era más caro un cuadro de un principiante en Colombia que uno de Picasso en París”.

Los mafiosos sabían poco o nada de arte, así que pagaban cifras exorbitantes por obras en las que en muchos casos era más valioso el marco que el trabajo del artista. Muchos recibieron un poco de su propia medicina y como popularmente se dice, les metieron gato por liebre.

Es famoso el caso de los jarrones de la dinastía Chen-Tsung de China, que Pablo Escobar compró y resultaron ser falsificaciones hechas con barro de Ráquira, Boyacá. Al final, el capo mandó a asesinar al comerciante de Envigado que intentó pasarse de listo.

Hoy la relación entre la mafia y el arte es muy distinta, pero sigue existiendo.

La boda fallida de ‘Fritanga’, con sus excesos y su narcoarte, recuerda que el narcotráfico no ha desaparecido, simplemente aprendió a camuflarse y ahora hace menos ruido. Al menos, así había sido hasta que ‘Fritanga’ se dedicó a celebrar con bombos y platillos su matrimonio y el mundo descubrió que el narcotráfico “no estaba muerto, andaba de parranda”.

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