Crónicas del fin del mundo

Por Marta Sandoval – El Periódico de Guatemala.-

“Sintió que su pecho era un colgador metálico lleno de camisas blancas que se secaban al sol. Pronto las camisas se agitarían con el viento y él estaría matando, rompiendo la cadena interminable de odiosos tabúes sociales”. Así describe el novelista japonés Yukio Mishima los momentos que anteceden al primer asesinato que comete su personaje, un niño de trece años. “Trató de encontrar en su interior algo de piedad y sintió que, al igual como se ve una ventana iluminada de un tren, la compasión aleteaba a lo lejos un instante y desaparecía”.

Teresa se parece un poco a ese personaje. Pero ella es real, es guatemalteca y va a pasar el resto de su vida en una cárcel. Porque ha matado. Mejor dicho, porque la han atrapado. La primera vez que se cobró la vida de un ser humano fue hace diez años, cuando ella tenía 16. El corazón le saltaba en el pecho, pero esos saltos, lejos de hacerla dudar, de revisar en la conciencia algo que pudiera detenerla, la hacían caminar con más impulso. Sacó la pistola y le dio por la espalda , “se lo merecía” dice.

En Guatemala muere violentamente una media de 15 personas cada día. Vidas que han truncado otros seres humanos. Sabemos mucho de los muertos, pero poco de los asesinos. Adentrarse en sus motivos, en sus impulsos y en sus decisiones es una forma de acercarse a la raíz de la hiedra que carcome al país. Llegar al tumor que provoca el cáncer.

¿Qué lleva a una persona a matar, qué hace que se rompa esa frágil condición que nos separa de las bestias y haga que un ser humano entre en el mundo de los asesinos? ¿Y qué pasa después, cómo se vive cuando se viaja acarreando muertos en la conciencia? Las preguntas se hicieron a reclusos condenados por homicidio y asesinato.

El trabajo tomó cerca de un año, porque no es sencillo encontrar gente que esté dispuesta a confesar abiertamente que ha matado. En la mayoría de los casos, los condenados negaban su crimen. Hubo alguno que aseguró que había disparado, pero no creía que la bala hubiera acertado a aquel quien hoy está muerto y bien muerto. “Seguro se murió por otra cosa”, dijo con seriedad escalofriante. Pero algunos hablaron sin tapujos, revelaron –unos con arrepentimiento, otros con completo cinismo– los pormenores de sus crímenes.

Son solo ocho las historias aquí recogidas, porque representan a muchas personas, que abarcan todas las edades y los motivos más frecuentes para matar: celos, ebriedad, dinero, poder, miedo, tierras o placer. Los reclusos accedieron a contar su historia con dos condiciones: que no se les tomaran fotografías y que no se publicaran sus nombres reales.
Decía Mishima que el asesinato llena el mundo de la misma manera que una grieta abarca un espejo. Nos reflejamos en él, pero la grieta no nos deja vernos. El mismo Mishima optó por la muerte, se suicidó en un acto ritual japonés, el seppuku.

Despertar de un mal/buen sueño

Casi todos los asesinatos en Guatemala tienen progenitores. Son hijos de otro crimen, un árbol genealógico de muertes: es muy frecuente que el que mata lo haga para vengar el asesinato de un familiar o un amigo cercano. Entonces los deudos del nuevo muerto buscarán deshacerse de aquel que mató a su ser querido. Así nace una cadena de muertes. Raquel, una de las entrevistadas, mató al Ratón, el sobrenombre que usaba un pandillero de su cuadra. El Ratón era el culpable –ella está segura– de la muerte de su hermano mayor. Su hermano mayor –la familia del Ratón, está segura– había matado a un primo del Ratón. La cadena se rompería solo si el primer asesino fuera de inmediato a prisión. Pero no es frecuente que los asesinos vayan presos. “Uno sigue matando porque mira que no pasa nada”, confesó Otilio, un sicario de 28 años. Solo en 2011 hubo 5 mil 681 asesinatos y 519 condenas por ese delito. Hay muchos culpables sueltos, culpables que si la Policía no atrapa, lo harán los parientes de sus víctimas.

“Las personas pueden matar por factores sociales o personales”, explica Evelyn Rosales de Vondenhuevel, una trabajadora social guatemalteca que labora en Estados Unidos. “Cuando una persona mata por un factor social, puede ser por delincuencia común, o bien por pertenecer a un grupo que comete delitos como las pandillas o el sicariato. Cuando asesina por factores personales, esto puede incluir trastornos mentales como esquizofrenia, bipolaridad o psicosis. También los trastornos de personalidad que tienen que ver más con lo moral como celos, envidia o ira”.

¿Qué se siente al matar? “No se siente”, responde Carla, y luego elabora más despacio sus ideas: “Es que uno se queda como dormido y cuando despierta y mira lo que hizo no lo puede creer. Uno siente que es el fin del mundo”. Carla mató por venganza, ha sido su único crimen. Pero hay quienes, como Otilio –que no sabe ponerle número a sus víctimas– se han acomodado en el nuevo mundo, en el mundo de los que matan, sin dificultades. Algunos despiertan de una pesadilla, pero otros de un buen sueño.

La psicóloga Ana María Jurado lo explica en términos científicos: “Hay un mecanismo que se llama disociación, quiere decir que la persona pierde conciencia de lo que está sucediendo, hay una amnesia disociativa que hace que muchas veces no recuerde el momento exacto del crimen”. Y Dostoievski lo explica en términos literarios: “Todos los criminales, cualesquiera que sean, experimentan en el momento de cometer su delito una especie de desfallecimiento de la voluntad, del juicio, que son reemplazados por un aturdimiento pueril, precisamente en la hora en que la razón y la prudencia les serían más necesarias”.
En este país viven muchas personas que ya no sienten nada al apretar un gatillo. “Un sicario se hace no nace”, comenta Vondenhuevel. “Y como en cualquier otra profesión hay metas que cumplir y escalones que subir. Un sicario suele tener un nivel de conocimiento de lo que está haciendo, y sabe para quién lo hace”, explica. Jurado añade que, aunque puede haber un componente genético, es la relación con la sociedad en la que se desenvuelve la que lo hace explotar: “Hay muchos estudios que afirman que la genética sí tiene que ver, pero el ambiente definitivamente contribuye al desarrollo y a la instalación de una mente criminal. Se han hecho estudios en gemelos criados en ambientes diferentes y se han encontrado rasgos psicopáticos en los dos, lo que demuestra que no es solo el ambiente. La pobreza extrema, una infancia carente de estímulos y de afecto son factores ambientales que pueden influir. Por supuesto la genética puede ser contrarrestada por el ambiente, si ha recibido una buena formación no llegará al asesinato”.

¿Por qué mata la gente en Guatemala? Por muchas razones, las más frecuentes son las acciones de las pandillas y las venganzas. Pero otros motivos suelen ser el dinero, los celos, la ebriedad y “los problemas por tierras” como explica el abogado Rony López, de la Defensa Pública Penal. En la Granja Penal Canadá hay un interno que se ha dedicado a estudiar los crímenes de sus compañeros, a indagar en sus motivos, su observación puede resumirse en que “los de oriente suelen ser crímenes pasionales, se calientan disparan, apuñalan y se acabó. En cambio, la gente de occidente piensa más, planea y lo hace. Los de occidente casi siempre tienen cómplice, y los de oriente van solos”.

¿Por qué entrevistar a asesinos? Primero porque es preciso romper estereotipos, descubrir que no solo aquellos que tuvieron una infancia difícil, que viven en la pobreza o cuyos padres eran alcohólicos pueden convertirse en homicidas. Estudiar a los asesinos lleva a las entrañas de la violencia. La segunda respuesta es una frase que la jurista española Concepción Arenal dijo a finales del siglo XIX: “Odia al delito, pero compadece al delincuente”. Y la tercera la escribió Thomas de Quincey en 1827: “Nuestra simpatía debe estar con el asesino (por supuesto quiero decir una simpatía de entendimiento, una simpatía por la cual penetramos dentro de sus sentimientos, y los entendemos, no una simpatía de piedad o aprobación). En la persona asesinada, toda pelea del pensamiento, todo flujo y reflujo de la pasión y de intención, están sometidos por un pánico irresistible; el miedo al instante de la muerte lo aplasta con su mazo petrificado. Pero en el asesino debe estar latente una gran tormenta de pasión –celos, ambición, venganza, odio– que creará un infierno en él; y dentro de este infierno nosotros miraremos”. Estos son los infiernos personales de algunos guatemaltecos.

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