Crónicas del fin del mundo

Los rumores fueron, poco a poco, tomando forma de certezas. Su marido le era infiel, lo que es peor, la amante estaba embarazada. La tarde que empezó todo Carmela iba a lavar los pantalones de su esposo, está vez no estaba espiando, fue una completa casualidad que hallara una cédula. Era una cédula nueva, con una foto reciente y en las últimas páginas una anotación que hizo que las piernas dejaran de sostenerla. Su esposo se había vuelto a casar, esta vez con una niña de 18 años.

Carmela entró en cólera, pero no pensó en envenenarlo, en echarlo de la casa, en demandarlo por bigamia, pensó en arrastrar por el pelo a la mujer que destruyó su familia. Fue a buscarla y en la puerta se topó con la madre, hubo gritos, insultos y un alboroto que hizo que el padre de la muchacha saliera con la pistola en la mano. Cuando Carmela lo vio se le abalanzó y forcejeó hasta que se apoderó del gatillo: disparó una vez y la bala le rozó la cabeza, disparó una segunda vez y el tiro dio justo en mitad de los ojos del hombre. Había matado al padre de la nueva esposa de su esposo.

Hoy vive recluida, pasa los días limpiando frijoles y añorando los días en que servía el desayuno a sus tres hijos. Dieciséis años de matrimonio que terminaron mal. Ahora su exesposo vive feliz con su chica joven y sus dos nuevos hijos en una casa grande y llena de vida. Ella vivió los últimos años regurgitando su cólera en un cuarto minúsculo de una prisión. Pero eso ya pasó. Aprendió a perdonar y a arrepentirse. “No sé por qué no lo dejé así”, dice, “mis hijos, mis amigos me decían que lo dejara que me fuera, que no hiciera nada, pero yo no pude, no podía con el odio que le tenía”.

Lauro

“Mire… la verdad es que él me andaba coqueando desde hacía rato”. Lauro evade la mirada y se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, “me había pegado ya varias veces, me insultaba, desde que éramos güiros me molestaba mucho”, una pequeña gota de sudor en la punta de su nariz intenta caer, “a veces nos llevábamos bien, pero casi siempre había bronca”, las palabras le salen a medias, como si las pensara demasiado antes de pronunciarlas, “yo creo que la culpa también era de mi mamá porque ella nos obligaba a estar juntos, aunque nos odiábamos. Me decía: es tu primo lo tenés que querer”, la gota por fin se desprende de su nariz y le cae en el labio de abajo, él la sorbe lentamente, “pero no nos pudimos querer y bueno… la verdad, nos agarramos a trancazos”.

Lauro tiene 25 años y una sonrisa perfectamente alineada, sus dientes blancos recuerdan un cuchillo recién afilado. Lleva la cabeza calva y una camiseta de algodón que debe ser unas tres o cuatro tallas más grande. El crimen lo cometió cuando recién cumplía los 20 años, mató al hombre que le acosó toda la infancia. “Tenía tanta ira adentro”, ese hombre era su primo. Fueron juntos al colegio, a la secundaria y por azares del destino terminaron trabajando en el mismo sitio. Allí Lauro seguía sufriendo los abusos de su amigo. “Sus bromas eran darme una bofetada cuando yo estaba hablando con una patoja que me gustaba, escupirme en la cara, escupir mi comida, gritarme gordo de mierda en la calle, cosas así”. Lauro se dejaba, sin rechistar. Trataba de reírse y de hacerse el que no sentía nada, pero un día la broma se pasó de la raya. El primo le dijo al jefe que Lauro había robado y cuando le abrieron la mochila encontraron allí un fajo de billetes. Lauro se quedó sin empleo, en la familia lo tachaban de ladrón y hasta su propia madre le negó la palabra ese día. Así que Lauro decidió ir a beber y alcoholizarse hasta que se le olvidara todo.

El problema fue que no se le olvidó. Por el contrario la cólera y la ira llegaron con más saña, así que volvió a su casa, buscó un cuchillo y fue a hacerle una visita sorpresa a su primo. Se lo clavó en el pecho, en el estómago y en el cuello. No murió en ese momento, sino días después en el intensivo de un hospital. “Se me juntó el rencor con la borrachera”, reflexiona, “yo no pensé que iba a llegar a matarlo, lo juro, no voy a decir que no sentía ganas, pero nunca creí que yo fuera capaz de matar a mi primo”. Lauro no recuerda el momento exacto en que clavó el cuchillo, ni la reacción de su víctima, ni como la sangre brotaba de su cuerpo. No vio nada de eso. Fue como si durmiera y despertara con un cuchillo ensangrentado en la mano. Quizá fue el alcohol, quizá fue ese nublarse del juicio del que habla Dostoievski. “Por su puesto que estoy arrepentido”, dice y la pregunta le parece casi un insulto, “¿cómo no voy a estarlo? Si arruiné mi vida. Mis tíos no me pueden ver, mi mamá ha venido muy poco a verme y cuando está aquí siempre llora, me abraza con miedo, como si yo ya no fuera su hijo. A veces creo que ya no soy su hijo, a veces creo que no soy yo”.

Carla

Las manos le temblaban tanto que soltó sin querer el cuchillo de cacha de madera. “Ya estuvo bueno Carla, vámonos” escuchó decir a su amiga, pero las palabras le llegaban retrasadas, hacía ya varios minutos que se lo habían dicho, cuando se negaba a dejar de atacar el cuerpo del hombre que asesinó a su hermano. “Carla, viva pues, nos vamos”, le repitió y acto seguido le zarandeó por los hombros hasta que pareció avivarse.
Carla bajó la vista y se topó con un hombre retorciéndose en el asiento de un desvencijado camión. “Dios mío qué hice” pensó, pero fueron solo unos segundo de confusión, después corrió al volante y arrancó. “Te vas despacio, no hagas muladas” le gritó la amiga.

Llevaba planeando el asesinato desde hacía más de cinco meses. Todo estaba estudiado, y en términos generales había salido bien, nadie les vio, y no olvidó recoger el cuchillo con que apuñaló –83 veces, se enteró después– al pandillero que según ellas había cometido una docena de crímenes, entre ellos violar niñas y asesinar de dos disparos al hermano de Carla. Ya no recuerda muy bien en qué iba pensando mientras conducía, pero seguro que la imagen de su hijo recién nacido se le cruzó por algún momento. Cometió su único crimen pocos meses después de dar a luz. “El Monkey merecía morir”, dice sentada en un raído sillón de la oficina de la directora del correccional.

Carla tiene 28 años, tres hijos y casi la mitad de su vida la ha pasado en prisión. Aquella noche, cuando mató a sangre fría a un pandillero, un retén de policía en mitad del camino cambió los planes, no pudo huir y la sentencia fue de 20 años de prisión inconmutables. Lleva una década y aunque su conducta ha sido buena, no habrá reducción de condena.

“Matar se siente…” duda unos minutos antes de completar la frase, “es algo que se siente nada más” dice, pero después intenta armar las palabras: “se siente como si estuvieras fuera de ti mismo. Cuando le di la primera puñalada me desconecté de mí misma, seguí clavando pero era mi mano la que se movía sola, yo sentía un calor muy fuerte y no podía hacer nada para controlar mi mano. Cuando, al día siguiente leí en el diario que le había dado 83 puñaladas no lo podía creer, nunca pensé que hubieran sido tantas”.

Carla no está arrepentida. Más que vengar la muerte de su hermano, matar al Monkey fue un acto necesario para evitar más muertes, asegura. En prisión ha recibido terapia y eso le ha ayudado a comprender por qué hizo lo que hizo. “Yo nunca pensé que iba a ser capaz de matar” asegura, “pero ahora sé que tenía mucha rabia que no supe sacar de otra manera”. Carla creció en una zona marginal donde las maras gobernaban y de niña sufrió el abuso sexual de una pandilla completa. La violación fue tan severa que tuvo que pasar varios días en el hospital. La psicóloga le ha dicho que al apuñalar al marero estaba liberando ira guardada desde hacía mucho, por eso se ensañó tanto con la víctima. Carla se ha adaptado a su vida en reclusión, trabaja haciendo tortillas y con frecuencia habla con Dios. “Le digo que me perdone y que me comprenda”. Su momento de mayor felicidad es cuando le llevan a su niño y en silencio le pide perdón a él también.

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