Historias mínimas: la oficial judicial y el barrio 200

pibes en la esquina

María Teresa García*.-

Era mediados de diciembre de un año que no recuerdo, seis o siete años atrás. Estábamos, como es costumbre, en conflicto con el Ejecutivo. A las 12,30 hubo asamblea en el gremio. Es regla no escrita que luego de una asamblea a esa hora no se vuelve a trabajar.

Por aquel entonces cumplía tareas de notificadora. Salí de la asamblea y me dirigía a mi casa cuando recordé que tenía una cédula de la Defensoría Oficial para notificar una audiencia por alimentos en el barrio conocido como “200”, uno de los “bravos” de mi ciudad. Pensé: “Si no la  notifico se pierde la audiencia, se atrasa el juicio y con ese tipo de cosas no me hago la distraída”. Así que cambié el rumbo y me fui al 200.

Eran casi las dos de la tarde, mucho calor. Estacioné en el domicilio, bajé del auto -entonces tenía un Citröen que aún extraño- y, quizás con cierta ingenuidad, dejé la cartera en el auto, sobre el asiento del acompañante, con la ventanilla de mi lado abierta.

Estaba entregando la cédula cuando, de pronto, vi a un chico de unos 15 años correr con mi cartera en la mano. Salí a perseguirlo, gritado que lo detuvieran, que me había robado. Había mucha gente sentada en la vereda, pero nadie se movió y el chico se me perdió en dos segundos.

Subí al auto y me dirigí a la comisaría a hacer la denuncia. Tenía toda mi documentación en la cartera, DNI, IOMA, obra social AJB, credencial de la Corte, registro de conducir y los papeles del auto.

En la avenida 74 me crucé con un patrullero, le hice señas de luces y paró. Les conté a los policías lo que me había sucedido y me dijeron: “en ese barrio no entramos”. Así que seguí hasta la  comisaría. Un oficial comenzó a tomarme declaración. En un momento me preguntó: “¿tenía celular?”. “Sí”, le respondí. “Vamos a llamar a ver qué pasa”. Me pidió el número, llamó e inmediatamente le contestaron: era un amigo de la persona que habían robado. Le dicen que habían encontrado el teléfono pero que volviera a llamar en 15 minutos.

“Ahora voy a hablar yo”, le dije al oficial. El policía no quería saber nada, pero como soy insistente me dio el teléfono y llamé. Me contestaron: “Tengo sus cosas, tiene que venir a buscarlas a la esquina de 78 y 87, sola, sin la gorra, si vemos a la gorra no ve sus cosas nunca más. Y traer 70 pesos”. No sé por qué tenía 100 pesos en el bolsillo del jean. El resto, no mucho, estaba en la cartera. Le dije que iba a ir. Le conté al oficial la conversación y me dijo que no podía permitirme ir sola, que si me pasa algo es su responsabilidad, que iba a llamar a otro policía de franco para que vaya en su auto particular. Me negué argumentando que les había prometido ir “sin la gorra”. Insistió en que era su obligación.

¿Qué hice? Me levanté y salí corriendo de la comisaría, me subí al Citröen y, nerviosa pero sin ningún miedo, arranqué hacia 87 y 78. Llegué, me paré en la esquina. Mucha gente afuera de sus casas, tomando cerveza, mate. Nadie se me acercó por un ratito. De pronto vi por el espejo retrovisor a dos muchachos. Uno de unos veinte años y el otro de treinta y pico largos caminaban por la calle hacia el auto. El más joven sacó un revólver de la cintura y se lo puso debajo de la gorra que tenía. Se paró en la esquina sobre la calle y miró hacia todos lados. El otro se acercó al auto. Yo abrí la ventanilla, él se apoyó y me dijo:

– Doña, tenemos sus cosas, ¿trajo los 70 pesos?.

– Si -le dije- pero antes explicame por qué me afanan a mí, que vengo acá a laburar para ustedes. Todo lo que traemos acá es de la Defensoría, vecinos tuyos que necesitan de la justicia y ésta se los proporciona gratis. Me parece injusto que encima nos roben. Mirá en qué ando, ¿pensás que tengo plata?

– Doña, son los pendejos, nosotros les tenemos dicho que a los del Poder Judicial y maestras no se los toca, pero bueno, le tocó doña.

– Vos me decís que son los pendejos pero tenés mis cosas, no te hagas el inocente.

– No, doña, le juro que estoy retirado. Tengo cuatro hijos, estuve varias veces preso en Batán y no quiero volver ahí. La pasé re mal.

– Hace 15 minutos que estamos acá conversando, ¿no tenés miedo que te reconozca y te denuncie?.

– No, usted cumplió y vino sin la gorra así que no, no tengo miedo. Ahora le digo lo que tiene que hacer: de vuelta en U acá en la esquina, vaya hasta aquella casa se estaciona y le entrego la cartera.

Así hice mientras él y el otro se fueron caminando hacia la casa señalada. Me detuve, se acercó con la cartera en la mano y se apoyó en la ventanilla del acompañante:

– Deme los 70 pesos, doña.

– Hasta que no vea si están todas mis cosas adentro no.

Tironeamos un poco pero le gané la pulseada y me dio la cartera. Revisé todo. El dinero, un par de medias y las biromes (si, las biromes), no estaban, pero sí todo el resto.

– Está todo, te voy a dar 100 pesos, no 70, le dije y se los di.

– Le prometo doña, que nunca más le van a robar acá.

– En realidad deberías prometerme que no le van a robar a nadie más, pero me conformo con que tampoco lo hagan a mis compañeros que vienen a hacer lo mismo que yo y a los docentes y asistentes sociales. Todos los que te nombro estamos trabajando para ustedes cuando venimos acá.

– Está bien doña, hablaré con los pendejos.

Nos despedimos deseándonos suerte. Volví a la comisaría a terminar con la denuncia. Correspondía en tanto había ocurrido trabajando y en las estadísticas del riesgo laboral suma, aunque no hagan nada luego. En la 74 un Dogde 1500 me hizo señas de luces. Me paré, bajó un hombre y me dijo: “Soy policía, me mandaron a protegerla”. “Suerte que llegaste tarde, le dije al oficial que no mandara a nadie”. “Bueno -me dijo- a mí me mandan, tengo que obedecer”.

Le cuento lo que pasó. Me preguntó: “El que habló con usted era así y así”. Si, le dije. Es fulano de tal. Por supuesto no recordé el nombre. Nos despedimos.

Llegué a la comisaría. El oficial me preguntó:

– ¿Los reconocería en fotos?

– Sí pero ponga que no. ¿De qué los van a acusar, de devolverme una cartera? Lo van a detener, se le sumará otra causa a sus antecedentes, les aumentará la rabia que ya tienen. No, ponga que no.

Terminé el trámite y volví a casa a completar las actas con otra anécdota más de lo que significa el trabajo de notificador judicial. A los pocos días me encontré con un funcionario judicial y le conté. Me retó porque me había negado a reconocerlos, argumentando lo contrario de lo que yo pensaba, que si se les suman antecedentes algún día podrían volver a estar presos. “¿Y con eso qué se ganaría? Más gente presa, más gente que luego sale perfeccionada en el robo y con más bronca contra la sociedad. Si me vuelve a pasar repetiría lo que hice”.

 

Cada vez que cuento esto recibo elogios tales como: loca, kamikaze, irresponsable, arriesgada, imprudente, temeraria. Me quedo con ellos antes de cargar con la mochila de haber mandado a dos tipos en cana por devolverme una cartera, aunque sé muy bien que trabajan en complicidad con quien me la robó. No creo en la teoría de la mano dura y estoy convencida de que el gobernador se equivoca creando escuelas de policía. Ha “militarizado” la provincia y con los mismos recursos podría haber abierto escuelas de oficios.  

 

*Oficial de Justicia.

Asociación Pensamiento Penal

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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