Hordas linchadoras a la cordobesa  

ni un linchado másPor Dante Leguizamón y Gustavo Cosacov*

El domingo pasado un grupo de cordobeses a los que llamaremos “vecinos” con los mismos reparos con que a otros llamaremos “ladrones” golpeó brutalmente a dos personas que minutos antes había participado de un robo en barrio Zumarán. Los ladrones viajaban en moto y después de robar una cartera fueron perseguidos por un taxista, Pablo De Gaitano, que tras observar el arrebato los persiguió hasta impactar a la motocicleta haciendo que los asaltantes (de 25 y 36 años) cayeran sobre el asfalto.

El taxista relató a los medios que después de chocar a los ladrones se bajó del auto:

– Les dí un poco de cariño a los dos. Mucho cariño.

El impulso vengativo del taxista resultó ser el aval que necesitaron unos 50 vecinos que se acercaron –en palabras del taxista– para seguir “dándole cariño” a los dos accidentados, Jesús Benegas y Héctor Julio Moyano que terminarían horas después internados en el hospital tránsito Cáceres de Allende.

En declaraciones a los medios los “vecinos” que fueron parte de esta horda linchadora aseguraron: “Después cayó la Policía, pero estaban contentos y felices por la gente. Agradecidos porque hay dos pibitos que ya no nos van hacer más daño a la sociedad”.

Tanto Benegas como Moyano tienen antecedentes. Aunque inicialmente se pensó que uno podía perder un ojo y que la vida de ambos corría peligro, lo cierto es que cerca de las 9 de la mañana de ayer fueron dados de alta y trasladados al complejo carcelario de Bouwer.

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En 2004 Córdoba tenía un “enemigo público Nº 1” sin nombre, a quienes sin embargo, todos conocíamos y temíamos. Se trataba del “violador serial” como lo llamaban los medios. El fiscal del caso era un hombre llamado Gustavo Nievas que llenó las calles de identikits que tenían el supuesto rostro del atacante.

En una de las violaciones que más trascendencia mediática tuvo, el violador abusó de una niña de 15 años. Tras el episodio traumático, la niña pasó unos días recluida en su casa hasta que, acompañada de su madre, salió a caminar por el barrio donde vivía. Lo curioso fue que al llegar a la plaza encontró sentado a quien, según ella, la había violado. Esa persona era un verdulero llamado Gustavo Camargo, cuyo aspecto era igual al del identikit que circulaba por las calles y los medios de comunicación.

Durante los siguientes 27 días los periodistas cordobeses se entusiasmaron –reproduciendo la palabra del fiscal que no dudaba en asegurar que había resuelto el caso- mientras se regodeaban con sus audiencias en inventar detalles de la vida de Camargo, juzgando su “aspecto peligroso” y hasta haciendo bromas sobre su estadía en prisión. Mientras tanto el detenido esperaba los análisis de ADN que –nadie dudaba- finalmente lo condenarían.

Sin embargo, el día 28 de su detención, el castillo de naipes del fiscal Nievas –luego destituido por un hecho de coimas- se derrumbó. El ADN mostró que Camargo nada tenía que ver con el hecho y el verdulero salió en libertad. Al final de cuentas el violador serial fue identificado casi un año –y veinte víctimas- después resultando ser Marcelo Sajen, cuyo rostro nada tenía que ver con el del malogrado identikit.

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Desde que Argentina inició el actual ciclo democrático la cuestión de la seguridad y la impunidad fueron dos temas importantes y, como ahora, maltratados por el oportunismo populista de derecha al estilo de un casi olvidado personaje: Bernardo Neustadt.

Fue aquel personaje quién le puso el nombre Doña Rosa a un tipo social construido. Las características de ese personaje eran la de una mujer mayor, dotada de una credulidad por todo aquello que se puede suponer como un “hecho dado” sin ningún esfuerzo mental para preguntarse quién lo “ha dado por hecho”. Llena de estereotipos y prejuicios, Doña Rosa es alguien que se siente inocente de todo pecado personal, y sobre todo social. Tiene “amor por los suyos” y “miedo ante los extraños” y, si uno la deja hablar un poquito en confianza, piensa que “antes, con los militares, estábamos mejor”.

Aquel notable personaje mediático creado por Don Bernardo volvió a aparecer en las últimas horas en Córdoba. Ya no representado en aquellos diálogos fingidos en los que creía a pie juntillas las palabras de su creador, sino avalando en tono vengativo y exultante la violencia de aquellos “vecinos” a quienes en realidad sería oportuno llamar autores de tentativa de homicidio.

Las doñas rosas de ayer se han multiplicado. Tienen hijos e hijas, nietos y nietas, familias enteras que han adoptado sus valores. Aunque –quizá, ojalá– no son mayoría en la población, su peso político es grande, sobre todo cuando los medios masivos son agentes activos de las campañas basadas en el miedo.

 

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El sitio cba24n habló con algunos de los vecinos que participaron del linchamiento y éstos dijeron que la Policía “se portó correctamente con ellos”, los golpeadores.

Evelin, una vecina de la zona, fue testigo de la situación y destacó la labor de la Policía porque “no tuvieron problema de que le sacaran fotos para mostrar la cara (de los ladrones) en los medios”. Además Evelin contó que los policías en ningún momento los protegieron y que recién cuando llegó el tercer móvil policial los efectivos recomendaron “parar un poco la mano”.

“La sacaron barata –dijo Evelin– podría haber sido peor. Menos mal que no había ningún arma”. El parte policial indicó que las heridas presentes en los hombres fueron “consecuencia de un forcejeo con los vecinos”, ignorando que fueron atropellados por un automóvil y patoteados en el piso. 

El fiscal Marcelo Fenol admitió que al menos cincuenta personas participaron de la golpiza. Para el fiscal aún no hay pruebas de que los policías hayan permitido golpes una vez que llegaron al lugar, pero fuentes judiciales le dijeron a Cosecha Roja que la primera y la segunda dotación de efectivos sugirieron que no intervinieron cuando llegaron porque los agresores eran demasiados y no existía personal suficiente como para controlar la situación.

El fiscal Fenoll dijo: “Si uno evalúa la cantidad de agresores y el resultado final, está claro que nadie quiso matar a nadie”. De cualquier manera el funcionario sabe que la investigación podría derivar en una imputación tentativa de homicidio y aclaró: “A mí me corresponde determinar dónde comienza la defensa, dónde termina, dónde comienza y termina la agresión y el componente psicológico del momento”. Claro que sí, a condición de hacerlo en el marco de la ley.

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Un conocido jurista, James Goldschmidt dijo alguna vez que el derecho procesal penal es el termómetro político de toda sociedad. Podríamos ampliarlo y decir que el sistema penal es ese termómetro político y marca la fiebre del mismo. Hoy diríamos que la fiebre es muy alta, hasta el punto que hace delirar al paciente; mientras que durante la dictadura, la fiebre era tan baja que se cometían crímenes atroces y sólo pequeñísimas minorías reclamaban justicia.

Son dos momentos en la historia clínica de una sociedad en la que conviven víctimas de la dictadura que esperaron 30 años la llegada de la Justicia y estos justicieros inmediatos que se arrogan el derecho de matar en búsqueda de venganza.

La temperatura en nuestra historia clínica que logró levantar Blumberg allá por 2003 o Massa hace pocos años y que hoy elevan la ministra Bullrich y el presidente Macri se apoya en algo real, por supuesto.

La ley y el orden son necesarios y una sociedad democrática es también eso. Pero hay algo en estos hijos de Doña Rosa que hace no les moleste el gatillo fácil porque generalmente da en un blanco que han deshumanizado.

Si se eliminaran las instancias que separan la comisión de un delito y la posibilidad de aplicarle una pena al culpable, se podría poner en práctica un sistema de “justicia linchadora” como el que aplicaron orgullosos estos descendientes de Doña Rosa de barrio Zumarán.

¿De qué sirve toda esa arquitectura que durante siglos ha ido construyendo el Estado de Derecho si los “vecinos” podemos armarnos y decidir quién es el criminal, cuál es el crimen y decidir qué hacer con él? ¿Si el sistema se puede equivocar como se equivocó con la acusación sobre Camargo en 2004, no vale la pena también dudar de nuestra capacidad de juzgar?

Podemos apostar a aquella idea de justicia, pero deberíamos tener cierto cuidado. Con una ley así cada uno debe asumir el riesgo de ser acusado de asesino, de violador, de estafador, o lo que queramos considerar que merece castigo sin necesidad de que esa acusación deba ser probada. También, por añadidura, debe caminar por la calle con el peligro –y la inseguridad- de ser linchado por los herederos de Doña Rosa que pululan en el país.

Es necesaria la prudencia si no se quiere castigar sin pruebas y sin derecho a la defensa. Por lo tanto no puede haber respuesta de “castigo inmediato” si no queremos aumentar la cantidad de inocentes que sin duda existen en las prisiones.

* Profesor de Filosofía del Derecho en la Facultad de Filosofía.

Foto: Colectivo Manifiesto

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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