Hoy le pegué una cachetada a un tipo: no me callo más

Si fuese tu mamita te hubiese abortadoNadia Lihuel – Cosecha Roja.-

Acabo de pegarle una cachetada a un tipo en la calle. Corrientes, hora pico, carrera de obstáculos a la facultad, territorio complicado de transitar en días de calor, con ropa liviana, con algo de piel al descubierto. Lo sé. Por eso uso auriculares grandes, de los que se escuchan con buen volumen incluso en el subte.

Un chabón de unos treinta, boligoma en mano, pegaba papelitos de puteríos en los carteles de la avenida. Nunca, por más apurada que esté, puedo resistirme a arrancar aunque sea algunos papelitos mirando a la jeta de quien los pega. En general pibes entre jóvenes y muy jóvenes. Y nunca, por más que intenté, me devolvieron la mirada. Arranqué volantes a las apuradas hasta que me llené las dos manos de papeles húmedos y pegajosos. Decidí no tirarlos al suelo porque ya me pasó que se acerque alguien (varón o mujer indistintamente) a decirme que les parece genial mi cruzada pero “no comparto que ensucies la vereda”. En el tumulto de la gente apurada no encontré tacho a la mano y opté por dejar la bola de papeles en la estructura de un puesto de flores cerrado, apoyada ahí. A unos diez metros un grupo que asumí de taxistas conversaba en el cordón. Uno de ellos me habla pero no le entiendo. Me saco los auriculares preguntándole:

– Perdón, ¿qué?

– Si me dejaste anotado tu teléfono ahí…

En mi cabeza el silencio de haber frenado la arenga enojada de PJ Harvey con la que venía embalada. Le estampé la mano en la cara y un “¡Sí, pelotudo!”. Fue una reacción, no una decisión. Me salió así. Del grupo de tipos, que serían tres o cuatro, brotó el “uhhhhh” grave de un penal errado.

Seguro no estuve bien. Pero no me arrepiento.

De haberla planificado le escupía la cara. Va más conmigo.

Pero vaya una por tantas.

*

Ayer iba otra vez por Corrientes con los auriculares grandes puestos. En el silencio que hay entre tema y tema se cuela una vez más un “mi amor, esa boquita… vení chupámela un rato”. Otro tipo más que se siente habilitado a interpelarme con su deseo. Me harté de bancarme al chabón que susurra que me quiere pegar una cogida y hace como que se tropieza conmigo mientras cruzo la calle. Me asqueé de escabullirme entre la gente, de bajar unas cuadras antes porque una erección me apoya en el bondi. No aguanto más el corazón en la boca cada vez que volviendo de noche a casa un auto acompaña la caminata a paso de hombre y desde adentro un tipo me va diciendo lo que tiene ganas de hacerme mientras lo que se hace es una paja.

Mi cuerpo, ese envase que me contiene y que recibe cada descarga de opinión masculina, se rebela y como un huracán entro al lobby del hotel con lirios en los floreros de la vidriera donde el tipo evidentemente trabaja. Me abalanzo sobre el escritorio de la recepción mientras me miraban desconcertados:

– Ese tipo que tenés parado en la puerta nos dice barbaridades a las chicas que pasamos por la calle. Voy con auriculares pero lo escuché igual y aunque no lo escuche no tiene ningún derecho de hacer eso. Está trabajando y aunque sea por eso debería importarle, aunque no debería hacerlo nunca. Yo no tengo por qué tolerar que me diga nada. Estoy caminando por la calle y tengo derecho a hacerlo tranquila.

– Te pido mil disculpas… – pálido, el recepcionista no sabe cómo reaccionar.

– No me pidas disculpas, asegurate que no vuelva a pasar.

Mi cuerpo sale disparado de nuevo a la avenida, ensordecido por la adrenalina de decir lo poco que dije, hablando de tantas cosas. A la pasada, esta boquita en lugar de chupársela un rato le dice:

– ¡Pudrite, imbécil!

Con la sensación de que no va a cambiar nada, pero que al menos no me guardé nada, sigo caminando. Sé que no es un hecho aislado, me pasa desde los 11 o 12 años cada vez que salgo a la  calle y desde hace un tiempo sospecho que en esa estructura naturalizada está el primer eslabón de una cadena que termina con una bolsa en un zanja y en esa bolsa las sobras de una piba en la que alguien cumplió las amenazas que nos hacen habitualmente a todas. No creo que tenga ninguna trascendencia mi actitud, pero por algún lado empezamos a desnaturalizar la violencia simbólica que deviene femicidio.

Las pulsaciones bajan de a poco. Subo al bondi, abro Twitter y leo que Yésica Romina Muñoz de 16 años apareció muerta en un descampado en Corrientes. El diario zonal dice que hoy, jueves 21 de mayo, iba a cumplir 17 años. Mi boquita no se calla más.

‪#‎NiUnaMenos‬

Foto: La otra mirada Sur

Cosecha Roja
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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