Los cintazos del padre de Miguel Del Sel

Miguel del sel 2

Miriam Maidana – Cosecha Roja.-

A Diego el padrastro le partió un palo de escoba en la espalda: tenía 8, 9 años y era muy travieso. Cuando me lo contó, hace varios años ya, lo hizo con un dejo de cariño. Diego quiso mucho a su padrastro: fue abandonado por su padre biológico cuando debió salir clandestino de Argentina hacia España, donde formó una nueva familia y solo se habían vuelto a ver una o dos veces, en viajes del padre para presentar libros, ya que era escritor.

Cuando leí lo siguiente me acordé de Diego: “Mi viejo me metía unos cintazos espectaculares y yo salí buen tipo. Cuando me porté mal en la escuela San Cayetano vino el cura y me llevaron a la dirección y me dieron dos varillazos en las patas. Terminé abanderado. Hoy los padres están muy permisivos con sus hijos. Por ahí viene el hijo y escupe al padre, y dice: «Pero es que es chico». Metele un buen «cocazo» y no jode más”.

El palazo en la espalda de Diego no lo mandó a la bandera. Desde muy chico se mezcló con banditas callejeras y terminó siendo barra brava. Fue el primero que me dijo dos cosas: si alguien te quiere y te pega lo hace por tu bien y a los golpes uno se acostumbra, no duelen pasado un tiempo.

Miguel del Sel, candidato a gobernador de Santa Fe, sentado en una mesa de un programa de televisión, opinando sobre la educación, puso en palabras dos situaciones de autoritarismo interesantes: el padre y sus cintazos, el cura  y sus varillazos.

No eligió el confesionario ni la cama de una mujer para hablar de su sumisión y lo bien que le hicieron los “correctivos”: lo dijo públicamente, consultado sobre la educación en su provincia. Una provincia que aspira a gobernar, dato no menor.

Hay en la historia casos muy diversos de chicos que fueron apaleados en su infancia por figuras de autoridad: trascendieron mayormente por rasgos criminales, violentos, sádico-masoquistas, asesinos. Desde Hitler a Mishima, desde Schreber hasta Robledo Puch, por poner algún ejemplo.

Porque –como me dijo Diego hace muchos años- a los golpes… a los golpes el cuerpo se acostumbra.

Lo siniestro de la violencia (utilizo siniestro como sinónimo de horror, terror, ominoso) no es la violencia en sí misma, sino sus signos: el ruido de un llavero que preanuncia la paliza, la apertura de una puerta dejando entrar un hilo de luz de madrugada, la amenaza del objeto contundente (un palo de escoba, una cadena, un cinto, un látigo). Eso debilita por completo y sume al sujeto en el peor de los estados: el miedo. Porque podremos “acostumbrarnos” a los golpes, a soportar el dolor, pero difícilmente a la sensación muscular y mental que preanuncia el “correctivo”. Víctimas de violencia en la infancia, prisioneros políticos torturados, mujeres golpeadas sabrán a lo que me refiero: el miedo visceral.

Y no hay aprendizaje vía miedo: por más que seamos el perro de Pavlov, a lo que respondemos es al estímulo. Es decir: llegaremos a la bandera porque pudimos aprender de memoria las capitales del país, la regla de tres compuesta y cómo se descompone una oración.

La varilla nos quedará como imagen aterradora, y tal vez tengamos algún recurso (aunque no suele suceder en la infancia) para evitar su paso sobre nuestro cuerpo. Pero el miedo no da a luz personas buenas, ni gentes de bien. Ni la violencia. Ni los golpes.

A Juan el padre le ponía una pistola en la sien y lo hacía comer en el inodoro cuando había polenta, que él odiaba. A los 7 Juan vomitaba en el fondo, a los 25 robaba camiones de caudales.

La visión de un hombre desabrochándose un cinto aún provoca que G. deba encerrarse en el baño como cuando tenía 10 años y se agarre la cabeza entre las manos y la entierre entre las rodillas porque era lo que hacía su abuelo cuando la solicitaba en su cama.

Algo de responsabilidad tenemos como comunidad, como colectivo, en pensar que Miguel del Sel es un estúpido, un misógino, un sin talento. Alguien que gustaba mucho de vestir uniformes de policía en su programa más famoso (Rompeportones), de nalguear mujeres, de verduguear al débil.

Miguel del Sel tiene un tinte autoritario al que deberíamos prestar atención: consultado sobre educación, habla de golpes. De los golpes de su padre, de los golpes del cura. Le falta contar su experiencia en el servicio militar y cartón lleno: disciplinan los hombres. Corrigen. Ojalá alguien pueda preguntarle alguna vez qué hacía su madre cuando el padre le “metía unos cintazos espectaculares”. En cuantas situaciones el cinto se salía del pantalón del padre.

Porque del Sel no es que no tenga proyectos en el área educación o desvíe el tema: no. Tiene un proyecto, uno siniestro.

Notas:

  1. Miguel del Sel, http://www.lanacion.com.ar/1790134-miguel-del-sel-y-otra-polemica-mi-viejo-me-metia-unos-cintazos-espectaculares-y-sali-buen-tipo. Desde la escuela desmintieron que Del Sel haya sido abanderado o que hayan usado la violencia como método de enseñanza.
  2. Uno de los pueblos más reticentes a la prohibición de los castigos corporales en niños en edad escolar son los ingleses. Que, y no casualmente, son los mayores consumidores de pornografía y prácticas sádico-masoquistas. Y aclaro: son prácticas reguladas, ya que el contrato sado-masoquista no está centrado en infligir dolor al otro, sino en un intercambio de poder.
  3. A los que les interese la relación entre violencia y conductas abusivas en la infancia con el desarrollo de prácticas sexuales ligadas al dolor corporal pueden consultar el libro “Los Inadaptados”, de Colin Wilson
  4. No hay estudios serios que relacionen la disciplina vía palizas con el buen desarrollo intelectual. Está claro que en la infancia hay normas y pautas que deben servir de límite a niños y niñas, lo que no quiere decir es que los cintazos o varillazos sean la vía adecuada. Tampoco cortarles los dedos si roban un caramelo del kiosco, o sodomizarlos si le tiran al gato de la cola.
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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