Masacre de estudiantes en México: con miedo, pero encabronados

BalaceraDaniela Rea – Cosecha Roja.-

Claro, porque si no son ellos, son otros ellos a los que por fin encuentran. Cientos aguardan en silencio, en cientos de fosas, tan comunes”.

Editorial Surplus.

El sábado 4 de octubre aparecieron seis fosas clandestinas en Iguala, Guerrero.

En un país que se acostumbra a que la tierra vomite cuerpos y se convierta cada día en una inmensa fosa clandestina, el ánimo se ensombreció porque esos agujeros se advertían como el destino final de 43 estudiantes normalistas desaparecidos luego de ser atacados a disparos y secuestrados por la policía local el viernes 26 de septiembre.

Nos quedamos sin consuelo. Nos paralizamos. Nos quedamos sin horizonte.

Si en Argentina las desapariciones se conjugan en pasado, en México son cosa del presente. Desde ese sábado las preguntas no dejan de surgir: ¿dónde estábamos cuando ocurrió esto? ¿Quiénes son los criminales, quiénes el gobierno? ¿Cómo alguien puede secuestrar, matar, enterrar, desaparecer a 43 estudiantes?

Nos sorprendemos porque pensábamos que este país había tocado fondo hace tantos horrores. Sólo por nombrar algunos: la Guardería ABC donde 49 niños murieron en un incendio provocado para esconder corruptelas del gobernador, la masacre de 72 migrantes en la frontera con Estados Unidos, la masacre de jóvenes deportistas en Villas de Salvarcar, las fosas clandestinas en San Fernando con más de 200 restos humanos en sus entrañas. Todo esto en menos de cinco años, todos ellos impunes.

La impunidad es una palabra cosida a todo crimen y el mensaje parece estar dado por quienes disfrutan de la “plenitud del pinche poder”, como dijo insaciable, salivando, el ex gobernador priista Fidel Herrera: en México se puede secuestrar, matar, enterrar, desaparecer a 43 estudiantes y no pasará nada.

Pero sí queremos que pase.

Por qué a los normalistas

Cuando un maestro del sistema educativo se porta mal –con el sindicato, con la escuela- se le castiga enviándolo a las comunidades rurales a dar clases: las más alejadas, las más pobres, las más olvidadas. En un país donde el oficio de ser maestro se ha deteriorado al grado de relacionarse con corrupción, desprestigio y holgazanería gracias a la ex líder sindical Elba Esther Gordillo, los normalistas reivindican su tarea. Para ellos, ir a los pueblos más alejados a compartir su saber con los olvidados es una misión de vida.

La Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa se fundó en 1926 y por sus aulas pasaron los guerrilleros Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, que estudió algunos años allí. Un estudiante que se hace llamar “N” le dijo al reportero Paris Martínez que hablar de esta escuela “es hablar de movimientos guerrilleros, de movimientos sociales, de movimientos magisteriales… de lucha por México”.

En la última década han arreciado los intentos por desaparecer a las normales, especialmente la de Ayotzinapa. En 2007 el gobierno quiso cancelar la apertura de plazas para los recién egresados y planteó convertirlas en escuelas de turismo. En 2011 los estudiantes tomaron la autopista que lleva al famoso puerto de Acapulco para exigir el aumento de plazas y decir “No” al control político que el gobernador Ángel Aguirre imponía; en respuesta fueron desalojados por la fuerza y asesinados los estudiantes Jorge Alexis Herrera y Gabriel Echeverría; en septiembre de 2014 la policía de Iguala municipal atacó a tiros a los estudiantes luego de manifestarse pacíficamente en autobuses prestados –suelen tomarlos para transportarse a sus movilizaciones y devolverlos días después- y en el acto asesinó a Diosir Guerrero y a Daniel Solís Gallardo, un tercer joven, Julio César Mondragón huyó tras la refriega a esconderse y al día siguiente fue encontrado asesinado y desollado. Los intentos por desaparecerlos han llegado a arrancarles el rostro.

¿Por qué? Porque esos estudiantes que rondan los 20 años no sólo son estudiantes: resisten con otros habitantes de Guerrero la construcción de presas o minas en sus territorios, la dominación de los caciques, la militarización de las comunidades indígenas, apoyan a los damnificados por desastres naturales ahí donde no llega el político tras la foto, forman cuadros que apuestan por la vida, la dignidad, la resistencia, la justicia social.

“Las normales rurales son el camino hacia una profesión digna- escribió estos días en La Jornada la académica Tanalis Padilla- y, a veces, otorgan, despiertan y cultivan el derecho a soñar”. Yo diría que siempre.

“Estamos encabronados”

Hace mucho tiempo que en México el significado de la palabra Estado se corrompió. El Estado detiene y tortura para que te declares culpable. El Estado mata con paramilitares a los maestros opositores en Oaxaca. El Estado mata con paramilitares a campesinos en Guerrero. El Estado exonera a funcionarios responsables de un operativo donde murieron 9 jóvenes y 3 policías en la discoteca News Divine del Distrito Federal. El Estado libera a los policías que violaron a una treintena de mujeres en Atenco. El Estado mata a 2 estudiantes y les siembra armas para responsabilizarlos de su muerte en Monterrey. No importan los colores o los partidos.

Vivimos una especie de esquizofrenia donde no sabemos de quién protegernos. Días después de la desaparición de los 43 estudiantes por policías municipales, aparecieron mantas en Iguala atribuidas al grupo delincuencial Guerreros Unidos donde exigieron la liberación de los policías detenidos y acusados del crimen, de lo contrario revelarían sus vínculos políticos.

Los políticos nos quieren hacer creer que la corrupción es parte de nuestra cultura, que está en nuestros genes. Que la guerra es cosa del pasado y ahora estamos en el momento de México. Crimen tras crimen hemos aprendido que no. Que la guerra no terminó. Quizá nuestro error fue creerles cuando decían que nuestro enemigo era el crimen organizado, que nos protegían, que la democracia. Quizá quisimos creerles para sentirnos a salvo.

No. Ellos son el crimen organizado. El abuso, la represión, el autoritarismo que permitió la masacre de Tlatelolco, ese 2 de octubre de hace 46 años, nunca se fue y hoy buscamos a 43 estudiantes secuestrados por la policía.

Si su mensaje es que en México se puede secuestrar, matar, enterrar, desaparecer a 43 estudiantes y no pasará nada, nosotros tenemos otro mensaje. Queremos dar otro mensaje. Pese a la tristeza, estamos indignados. Hoy miércoles en decenas de ciudades en el país y más allá de sus fronteras saldremos a la calle a nombrar a cada uno de esos jóvenes que nos faltan, a abrazar a sus familias y a sus compañeros, a aprender de su dignidad y su resistencia. A No dejarnos.

Retomo las palabras que Manuel, un tutor de los estudiantes desaparecidos, que le dijo al reportero Jacobo García:

“No queremos llorar, no queremos lamentarnos ni pedir caridad. Queremos que sepan que tenemos miedo pero que estamos encabronados. Muy encabronados. En los próximos días va a arder el estado. No podemos más”.

Nos faltan 43 estudiantes que están desaparecidos, nos faltan tres estudiantes que fueron asesinados. Ellos quisieron borrarlos de la tierra, arrancarles su rostro. Nosotros los nombramos. Léanse sus nombres en voz alta:

Abel García Hernández, 21 años.

Adán Abraján de la Cruz, 24 años.

Alexander Mora Venancio, 21 años.

Antonio Santana Maestro.

Arturo Vázquez Peniten.

Benjamín Ascencio Bautista, 19 años.

Bernardo Flores Alcaraz.

Carlos Iván Ramírez Villarreal, 20 años.

Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, 19 años.

César Manuel González Hernández.

Christian Alfonso Rodríguez, 21 años.

Christian Tomás Colón Garnica, 18 años.

Cutberto Ortiz Ramos, 22 años.

Doriam González Parral, 21 años.

Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, 23 años.

Everardo Rodríguez Bello, 21 años.

Felipe Arnulfo Rosa, 20 años.

Giovanni Galindes Guerrero, 20 años.

Israel Caballero Sánchez, 21 años.

Israel Jacinto Lugardo, 19 años.

Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, 21 años.

Jhosivani Guerrero de la Cruz, 21 años.

Jonás Trujillo González, 20 años.

Jorge Álvarez Nava, 19 años.

Jorge Aníbal Cruz Mendoza, 19 años.

Jorge Antonio Tizapa Legideño, 19 años.

Jorge Luis González Parral, 21 años.

José Ángel Campos Cantor.

José Ángel Navarrete González, 18 años.

José Eduardo Bartolo Tlatempa, 19 años.

José Luis Luna Torres, 20 años.

Julio César López Patolzin, 25 años.

Leonel Castro Abarca, 18 años.

Luis Ángel Abarca Carrillo, 18 años.

Luis Ángel Fco Arzola, 20 años.

Magdaleno Rubén Lauro Villegas, 19 años.

Marcial Pablo Baranda, 20 años.

Marco Antonio Gómez Molina.

Martín Getsemany Sánchez García, 20 años.

Mauricio Ortega Valerio, 18 años.

Miguel Ángel Hernández Martínez, 27 años.

Miguel Ángel Mendoza Zacarías, 33 años.

Saúl Bruno García.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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