Perú: condenas en un matricidio por encargo

Cosecha Roja.-

El colombiano estaba preso en el norte de Argentina. Allí, para hacerse respetar, habló de sus crímenes. Uno de ellos, dijo, había sido una obra maestra: el asesinato de una millonaria en Lima, Perú. Un asesinato por encargo pagado por alguien muy cercano a la víctima: su propia hija. Ahora, condenado a pasar más de tres décadas tras las rejas, hubiese preferido mantenerse callado.

El día de la lectura de la sentencia por la muerte de su madre, Eva Bracamonte se desmayó y convulsionó en la sala de audiencias. La joven de 25 años, acusada de contratar un sicario para quedarse con una herencia millonaria fue retirada en ambulancia. Cuando se reanudó el juicio, el tribunal la condenó a 30 años de cárcel. El colombiano Hugo Alejandro Trujillo Ospina recibió una pena de 35 como autor material. Liliana Castro Manarelli, la novia de Eva, fue absuelta y liberada después de pasar tres años tras las rejas.

Durante el juicio, el sicario colombiano Hugo Alejandro Trujillo Ospina confesó ser quien asesinó, en agosto de2006, ala empresaria millonaria Miryam Fefer Salleres en una mansión de Lima. Una traición tumbera en una cárcel de Argentina lo llevó a ser condenado a 30 años de prisión por un crimen por encargo.

En enero de 2009, en Salta, Argentina, Trujillo Ospina fue condenado a tres años de cárcel por extorsionar a un empleado dela Anses: le aseguró haber sido contratado para matarlo, pero ofreció perdonarle la vida a cambio de unos pocos dólares.

En el Penal de Villa Las Rosas, Trujillo intentó construir una imagen de sí mismo que le garantizara el respeto de sus compañeros. Con lujo de detalles contó sus hazañas como sicario. Se jactaba de haber matado a una decena de personas por encargo en varios países de Latinoamérica.

Entre los confidentes de Trujillo había un traidor. Un preso que era buche de la policía. El relato de la millonaria llegaría a oídos de un periodista salteño y los medios peruanos se hicieron eco de la noticia. El caso se convirtió en el policial de mayor cobertura mediática de los últimos años en Perú.

La Justicia de Lima pidió a través de Cancillería que se le tomaran muestras de sangre a Trujillo. Después de demostrarse que el ADN del colombiano coincidía con el que se encontró en la escena del crimen, la fiscal pidió su extradición.

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Miryam Fefer Salleres, una empresaria de 51 años de origen judío, era una mujer de carácter fuerte. Vivía con sus dos hijos -Eva y Ariel- y tres perros malteses en una mansión con vista al mar en el Malecón en el coqueto barrio de San Isidro, en Lima.

En sus últimos meses de vida, Miryam había caído en un pozo depresivo. No aceptaba que sus dos hijos fueran homosexuales. Además, extrañaba a su hija, que estaba en Israel realizando el servicio militar. “No tengo más ganas de vivir, más que la que necesita mi trabajo para dejar a mis hijos con una seguridad económica. Mi dolor es demasiado grande. Me siento muy sola”, contó la mujer a sus amigas en un mail escrito en agosto de 2006.

Desde hacía varios años, Miryam y sus cuatro hermanos estaban enfrentados por la herencia del padre, el polaco Enrique Fefer Rotstain. Varios inmuebles, entre los que se encontraba la mansión de San Isidro, un depósito bancario en Estados Unidos y dos empresas inmobiliarias conformaban el paquete en disputa: en total, más de dos millones y medio de dólares.

Una tercera parte de esta herencia, el empresario polaco se la había dejado por testamento a su hija Miryam. El resto sería dividido en partes iguales entre los cinco hermanos.

La madrugada del 15 de agosto de 2006, los hijos de Miryam se llevaron los tres perros malteses -que solían dormir con la señora- a la planta superior de la mansión. Antes de acostarse, Eva bajó a la cochera a buscar unos libros de francés.

El sicario Trujillo Ospina saltó la pared del fondo y entró a la casa por la ventana del baño. La ausencia de los animales le permitió llegar sin dificultades a la habitación de Miryam. Víctima y asesino forcejearon durante unos quince minutos hasta que logró ahorcarla con un cable de computadora.

A las 6.30, el mayordomo entró en la habitación de Miryam. La mujer estaba tirada en el piso boca arriba. Llevaba puesto un jean y una remera blanca a rayas grises manchada de sangre. Tenía los labios morados y en sus uñas rojas destrozadas había restos de piel y sangre. En la mansión nadie escuchó sus gritos.

Al día siguiente, Eva llevó a vivir a la mansión a su novia, Liliana Castro Mannareli. Al poco tiempo, echó a su hermano Ariel de su casa. Con el dinero heredado, Eva empezó a organizar fiestas en la mansión. Compró una Toyota negra y una Harley Davidson, le regaló una 4×4 verde a su novia y viajó a Cuba, Egipto, Argentina y Panamá.

Durante más de dos años, el crimen de la empresaria fue un absoluto misterio. Hasta que un preso habló de más, otro se lo contó a un periodista y así, por una cadena de comentarios, el sicario terminó condenado a treinta y cinco años de prisión.

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