Que nadie te arrebate la felicidad, una crónica de Anamaria Bedoya para Vamos mujer

Esta crónica pertence a la serie Encontrar valor para continuar viviendo, una producción de la Corporación Vamos Mujer. Coordinación General: Sandra Valoyes Villa. Revisión de Textos: Patricia Nieto Nieto. Ilustraciones: Lina Rada Betancur.

Que nadie te arrebate la felicidad

Por Anamaria Bedoya Builes para www.vamosmujer.org.co

Las dos hijas y Humberto dormían. Delfalina, como todas las noches, agarró el machete y un costal. Salió de la finca, caminó por el cafetal, extendió el costal como lecho, se acostó, miró al cielo y buscó a la luna, le habló: “Esta vida así no puede seguir, yo no puedo seguir viviendo así —lo repetía como un mantra, con los brazos extendidos— Luna, tú eres mi compañera, tú me tienes que guiar para salir adelante”. Regresaba a la finca, desvelada, con los ojos pequeños, como dos nueces, hipnotizados por una fuerza que le decía que vivir no era lo que ella hacía.

A la una de la madrugada estaba en la cocina, preparando el desayuno para 19 trabajadores que llegaban a las cuatro de la mañana. También les tenía que empacar el almuerzo y el algo. Humberto, el esposo, con quien se casó a los 16 sin saber qué era eso de ser esposa, se iba con todos los trabajadores para el monte. Sin darle un beso, sin decirle adiós. Después, lo mismo de siempre: alimentar ese par de niñas que ella no entendía cómo y por qué salieron de su vientre, luego coger un costal lleno de ropa sucia e ir a la quebrada a lavarla.

“Cuando llegaba a la quebrada, metía los pies en el agua y lloraba por ahí hasta medio día y decía: yo por qué me casé, sin estudiar, para esto. Hasta que me quedaba dormida y luego me levantaba toda quemada por el sol. Y lavaba y lloraba. Metía el trapo a la quebrada y veía como el agua se llevaba la espuma: ¡Dios mío, aquí se van mis ilusiones! Pero no, yo tengo que salir adelante; hablaba y hablaba. La espuma se la lleva el agua y por allá se purifica. Yo también, algún día, me quiero purificar. Por ahí a las cinco de la tarde terminaba de lavar la ropa, cuando veía de lejos a esos trabajadores y a Humberto, sentía una rabia. Me entraba para la cocina, ese era mi refugio. Él empezaba: ¡Delfa! la comida, el fresco, la merienda, no servís para nada, ¡Delfa!”, cuenta Delfalina, sentada en un pupitre, en la terraza de su casa, frente a su jardín florecido. Recuerda cuando tenía 24, ahora que tiene sesenta.

Su tiempo transcurría en la opresión de la soledad y los insultos de Humberto. Ella nunca protestaba, guardaba silencio tal como se lo enseñó su madre, su obligación era obedecerle al esposo en todo. Se refugió en la naturaleza, cuidaba patos, gallinas, marranos, conejos. Guiada por la intuición, les curaba las heridas, les ayudaba a parir; supo que era una fortaleza, que ella si era capaz de hacer algo, que Humberto estaba equivocado cada que le repetía que no servía para nada.

Un día Humberto se fue para Medellín porque estaba enfermo, Delfalina se quedó sola al mando de todos los trabajadores y sus dos hijas. Él le mandó a decir con su mamá que vendiera los animales y que se fuera para Medellín, que él había conseguido trabajo en una carnicería. Cinco meses tardó en vender todo, los animales eran suyos, pero la plata que le dieron por ellos se la tenía que entregar a Humberto, porque él dijo. Llegó a la ciudad, por primera vez, a la dos de la tarde. Humberto no estaba en el terminal. Ella amarró a sus niñas con una cuerda a su cintura, porque le dijeron que se las podían robar, y esperó hasta las seis de la tarde, cuando apareció por fin Humberto.

“Nos fuimos a vivir a Castilla a una pieza de una tía de él. Desde que yo llegué, le dijo a la tía que yo iba a ser la sirvienta de ella. Él nunca tomaba la opinión de lo que yo hablaba, él siempre me decía: usted no hable, usted es una boba ahí, usted es una montañera que nunca sabe nada. Yo era encerrada en la cocina, no podía ni salir a la cera” recuerda Delfalina. En las noches él hacía lo de siempre, “yo me acostaba y ahí mismo llegaba y me decía: voltéese haber. Se montaba y ahí mismo se bajaba. Él me violaba, yo no entendía lo que él me hacía”.  Así pasaron dos años y quedó en embarazo de su tercera hija.

Cuando la barriga le crecía y se le ponía dura, se daba cuenta que estaba en embarazo, se odiaba, no sabía cómo pasaba. “Para qué hijos  —se lamentaba—, si la vida es para sufrir. Y él me decía: vos que no servís para nada, no me das sino mionas. Ahora es que me doy cuenta de que el hombre es el que define el sexo”. Cuando nació la niña se fueron a vivir donde otra familiar que al ver como lloraba Delfalina le dijo que no fuera boba, que planificara. Le explicó cómo, la llevó al centro de salud, le compró las pastillas. Feliz. No más hijos. Estaba feliz.

Arrendaron una casa en el Popular Número Uno. Don Anselmo, el dueño, le dijo a ella que él tenía un local pequeño para que montara un negocio. Se entusiasmó y esperó a Humberto para contarle. “Como uno toda decisión se la tenía que consultar al marido, le conté y me dijo: pendeja, qué se cree, una montañera como vos que va a ser capaz de montar un negocio, ¿usted conoce la plata? Usted no sirve para nada”. Al otro día, apenas vio a don Anselmo, le dijo que sí, que Humberto le había dado permiso. Fue donde don Alirio, un vecino que tenía tienda, le dijo que ella también quería montar una, pero que no tenía cómo surtir. Él le fió seis gaseosas, seis panes y un paquete de cigarrillos. Esa tarde vendió todo, seis meses después su tienda era la más grande del barrio. Humberto no le decía nada, pero le exigía la mitad de la plata de lo que ella vendiera, que porque él mandaba en la casa.

Tanta atención le puso al negocio que se le olvidaron las pastillas de planificar. Quedó en embarazo por cuarta vez. Nació un niño. Ella, con el bebé en las manos, le decía al doctor que no quería más hijos, él le dijo que podía operarla pero con la firma de marido. Ella, la que no servía para nada, le dijo esa noche a Humberto, el hombre de la casa, que quería ver cómo era su firma, que ella solo le conocía mamarrachos. Ofendido, le estampó cuatro firmas en una hoja. “Cuando yo me hice esa operación, sentí que la vida me sonreía. Miraba las estrellas, el sol y la luna. No más hijos, qué felicidad”, recuerda.

Delfalina soñaba con tener una casa propia, se la imaginaba de tres pisos y con un negocio. Un día don Anselmo le dijo que estaba vendiendo un lote unas cuadras arriba, valía cinco mil pesos. Ella no podía de la dicha, tenía una plata ahorrada, podía comprarlo. Pero tenía que consultarle al marido. “Por la noche le dije a Humberto: ¿lo vamos a comprar? Otra vez salís con pendejadas, yo no sé quien le mete a usted eso en la cabeza, yo no me voy a poner a comprar nada Delfa, porque usted es muy llevaba de su parecer”. Delfa le dijo que sí a don Anselmo, que Humberto le dio permiso.

A punta de convites construyó la casa, le decía a los vecinos que ella les cocinaba y ellos le construían. El marido, apenas vio que era en serio, le dijo que le tenía que dar una parte de ese lote para que la mamá hiciera su casa. Ella dijo que sí. Después de meses de trabajo, habían levantado una casa de tres pisos. Puso una tienda de abarrotes, revueltería, carnicería y en el tercer piso montó una mesa de billar. Las hijas ya estaban grandes, le ayudaban con el negocio.

Pero otra vez, como si no tuviera derecho a la felicidad y Humberto estuviera ahí para recordárselo, la tranquilidad le era arrebatada. Él cada día llegaba con una mujer diferente, delante de sus hijas. Delfalina protestaba. “Él me decía, esta es mi casa, acá mando yo. A mí eso me martirizaba. Trabajar uno tanto y este hombre no ser capaz de tener siquiera un aliciente con uno, de decir vos sos una mujer que vale mucho”.

Supo que su sufrimiento era el destino que repetían muchas mujeres. El presidente de la acción comunal del barrio le dijo que iban a pavimentar la calle, que le ayudara a conseguir personas que trabajaran en la obra. “Yo reuní varias vecinas y por medio del trabajo empezábamos a conversar: es que esos maridos no sirven para nada, es que esos maridos viven echados, es que esos maridos miren con la una y con la otra y nosotras en la casa trabajando. Y yo les decía, sí, por eso es que a los hombres no les gusta que la mujer se consiga una amiga, porque ahí se les acaba la bobita de la casa. La bobita de la casa empieza a reflexionar y a darse de cuenta que esa no es la vida”. Después de que terminaron la calle, todas continuaron reuniéndose en FEPI, una fundación del barrio.

Pensó que quizás el problema era estar en casa, viendo como el marido se burlaba de ella, entonces se fue a trabajar a una fábrica de colchones en el municipio de Caldas. Como recibía un sueldo, Humberto le dijo que él no volvería a mercar. Con toda la responsabilidad de su casa encima, madrugó durante seis años para ir a trabajar como obrera, mientras en casa el marido se bebía y acababa con el negocio. La resistencia de Delfalina se quebraba. Aunque se alejara de casa por unas horas sufría lo mismo.

Renunció, volvió a casa, con la esperanza que todo podía cambiar, que Humberto algún día sería otro. Él realmente era otro. “Se había vuelto muy malo, se había juntado con una gallada del barrio y él se creía un sardino. Se mantenía lleno de anillos de oro y de pulseras. Tenía dos revólveres y dos celulares. Salía con los sardinos a robar y los transportaba en un carro” dice.

Estaba sola, sus hijas se habían casado, seguía participando de las reuniones con las mujeres en FEPI, conoció la corporación Vamos Mujer, aprendió de sus derechos y de la violencia que sufrían las mujeres, “todo lo que nos decían sobre el maltrato, era como si eso ya estuviera  escrito en mí”. Pero ella solo esperaba que Humberto cambiara. A él se le terminó la dicha cuando la Policía lo detuvo junto a los demás ladrones y los condenó a tres años de cárcel.

Y ahí estaba Delfalina, marcada con un “juntos hasta que la muerte nos separe”, visitándolo en la cárcel, llevándole comida, lavándole la ropa. Dividida entre él y lo que ella deseaba. Empezó a estudiar en las noches: “Eso era una felicidad, yo ponía la mano así en el pupitre, ese era el sueño mío, yo quería estar en esta silla escribiendo y mirando para el tablero, yo no salía a recreo ni nada. Como no sabía casi escribir, escribía tan despacio, miraba una letra y la otra. Estudié tres años, eso no lo borro de mi mente porque me llenó de satisfacción”, pensaba también, que de pronto él a verla inteligente la querría un poco.

Un día de visita en la cárcel, una señora la detuvo antes de verse con Humberto. Le dijo: “Señora, usted es muy bobita, usted viene un domingo y después viene la otra. Yo he visto como la trata de mal a usted. Y a la otra la carga”. Delfalina al ver a Humberto le dijo: “Hagamos de cuenta que nunca en la vida pasó nada, empecemos de cero, vamos a hacer una familia, pero eso sí Humberto, vos vas a ser un hombre distinto”. Y él: “Esta tan boba, qué se está creyendo, toda la vida me ha conocido así. Toda la vida he tenido mujeres, he sido jugador, bebedor. ¿Por qué no seguimos igual? De todos modos usted siempre es la primera y la otra es la segunda”. “Pues yo no quiero ser ni la primera ni la segunda, de ahora en adelante se acabó todo” le dijo ella. “Qué vas a ser vos capaz Delfa, vos como has sido de boba toda la vida. Usted no es capaz de nada”, dijo él. “Sabe qué Humberto, hasta hoy vine a visitarlo y haga de cuenta que hoy estoy muerta y enterrada en el cementerio. Y salí y me puse triste. Luego pensé: no más y no más Delfa ¡Ya! De hoy en adelante sos libre.  Y así fue, al pie de la letra de ahí en adelante” relata.

Ella quería una separación por lo legal, él quería la mitad de los bienes de Delfalina, pero no sospechaba que ella tenía toda la fuerza que había oprimido durante años y un espíritu que se negaba a envejecer en el desasosiego. Ella ganó la pelea, lo que era suyo nadie se lo volvería a arrebatar. Con otras mujeres fundó la Asociación Luna Llena, para cultivar la confianza, para replicar sus historias de vida y que otras mujeres entiendan que deben ser autónomas y cortar con aquello que las haga sufrir. En la terraza de su casa, contempla las montañas del occidente y a las nubes gordas que anuncian la lluvia, recuerda un sueño que se le repite desde su infancia: “De las montañas se desbordan las quebradas por cuatro esquinas. Yo corro y cuando el agua me va a alcanzar salgo volando por encima de las montañas, por los árboles, por las nubes. Miro abajo, todo queda serenito, tranquilo”, sonríe, sus ojos de nuez siguen vislumbrando la serenidad.

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