Sergio Dima: requiem para un detective salvaje del periodismo

dima3212_nA las trece en punto, ni un minuto más, la sala quedó vacía. Dos empleados de traje acomodaron la mortaja sobre su rostro, taparon el cajón y lo giraron para llevarlo hasta el coche fúnebre. Lo hicieron con eficiencia burocrática, con economía de movimientos. Quienes presenciaron esa última escena eran periodistas. Ya habían visto eso muchas veces: uno de los pilares del oficio es moverse con soltura en velorios, entierros y escenas del crimen. Pero lo que sintieron entonces, en presencia de esos movimientos calculados, no fue solo tristeza. Era una especie de desgarro, un no poder mirar ese procedimiento que intentaba igualar esa muerte con todas las demás que habían visto.

Los periodistas que el sábado llegaron a la casa de Sergio Dima tuvieron una sensación parecida. No poder mirar la escena, sentir un desprecio infinito por los empleados de la morguera que manipulaban en cadaver. No hay nada más difícil que despedir a uno de los nuestros.

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A principios de los 90′, en la redacción de El Porteño apareció un pibe de unos dieciocho, quizás veinte años. Estudiaba en TEA y escribía algunas colaboraciones en Noticias. Pero él quería otra cosa: trabajar en su revista favorita.

-Acá -decía- hacen el periodismo que quiero hacer yo.

En la redacción le abrieron la puerta porque era el sobrino de uno de los fundadores. El resto se lo ganó a fuerza de pasarse tardes enteras sentado ahí, dando charla, preparando café y ofreciendo ideas.

-En esa época -recuerda Ricardo Ragendorfer- era un pibe muy chico, con más entusiasmo que oficio. Con los años se convirtió en un gran periodista. Y en un tipo entrañable.

A la editora Olga Viglieca le daba ternura:

-Vos -le decía- estás haciendo lo mismo que hizo Osvaldo Soriano para entrar a Panorama.

La técnica era sencilla: insistir hasta que duela, y después seguir insistiendo un poco más. Había que encontrar una silla vacía, quedarse ahí hasta que surja una emergencia, y entonces ganarse el lugar.

Soriano lo hizo una vez; Sergio Dima lo hizo toda la vida.

Una de sus primeras notas para El Porteño fue una entrevista con Alfredo Casero, por entonces un actor del under en ascenso. Casero lo citó en una casa que compartía con otros artistas. Dima llegó nervioso. Se sentó, sacó el grabador y quiso empezar con la entrevista. El gordo lo cortó en seco.

-¿Me querés grabar? -dijo-. Ni en pedo.

Lo que siguió fue una charla larguísima, que se extendió por distintos bares de la noche porteña. La entrevista fue una reconstrucción de esa noche de juerga.

Un mes atrás, un grupo de estudiantes de periodismo lo entrevistó para que contara sobre esa época. Dima se acordó de esa anécdota, pero también de cómo eran las charlas, como se discutían los sumarios: esa redacción, parte de un periodismo en vías de extinción, había sido su escuela.

-Ahí aprendí -dijo a los estudiantes- que lo importante es tomarse las cosas bien y ponerle dedicación. No es una cuestión administrativa escribir. Hay que buscarle la vuelta para que cada nota sea única.

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En 2004, después de haber pasado una larga temporada en Holanda, persiguió cámara en mano a Juan Carlos Blumberg, por entonces una estrella mediática. El viejo terminó por darle una entrevista: pensaba que así podría sacarse de encima a ese morocho con barba de varios días que lo seguía a todos lados en un auto gris. Aceptó hablar con él unos minutos, pero Dima no lo soltó.

El trabajo terminó reflejado en el libro de Lucas Guagnini, uno de los amigos que luego lo ayudó a entrar a Clarín. Ahí, Dima volvió a usar la técnica Soriano, pero de forma más agresiva. Su objetivo era trabajar en la sección policiales. En 2006 entró en a la punto.com haciendo noticias de último momento. El primer paso fue conseguir un pase de la web a los zonales, una sección de suplementos donde se escribe de todo. Dima siempre se inclinaba por las notas que le gustaban: las que tenían sangre.

Hacía lo imposible por subir a la redacción del diario: buscaba historias, se ofrecía a préstamo para cubrir algún hueco. A veces lograba quedarse en policiales por un par de días y puteaba como loco cuando lo hacían volver. Tardó cuatro años en que le dieran el pase definitivo.

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caballo¿Qué mueve a alguien a hacer policiales? Hay un axioma clásico: ese tipo de noticias son el punto de intersección entre el periodismo y los verdaderos dramas humanos. Son el lugar donde se cuentan historias complejas. Hay vida y muerte, extraviados, soñadores, poderes siniestros con nombre y apellido.

El que hace policiales -el que lo hace de verdad: el que está en la calle y en los bares, el que tiene fuentes, el que desconfía de la policía- se codea con un mundo subterráneo, de valores y emociones fuertes. En cierta forma es un privilegiado: es alguien que puede ver el costado oculto de las personas y de las situaciones, detenerse en los hilos que sostienen tal o cual situación que vista sin atención parece de lo más banal. ¿Hubo una oleada de robos en tal calle? Seguro en el medio hay una interna policial o algún chanchuyo que liberó la zona. ¿Un policía mató a un ladrón que le quizo robar? Hay que mirar la autopsia: la trayectoria de los disparos pueden develar un caso de gatillo facil. Hay que verlo al redactor, expediente en mano, haciendo contorsiones para reconstruir una escena en base a como entraron las balas en un cuerpo.

El periodista de policiales se sumerge en el lado oscuro y vuelve para contarlo. ¿Sale ileso? Es imposible: todo lo que pasa por el cuerpo deja marcas ¿Se convierte en parte de lo que narra? Si le pasa eso, estará en problemas. Pronto será enemigo de todo lo que dice defender.

Dima entendía eso. Su motor era comprometido, sensible, militante.

-Quizás no le apasionaba tanto el género -dice Alejandro Marinelli, uno de sus compañeros de redacción- Lo que apasionaba era redimir injusticias.

-Era un testigo del sufrimiento ajeno -dice el Pollo Sorín, su compañero de radio.

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Con el Pollo se conocían desde los 17. Se encontraron por primera vez en un taller de radio en Vicente Lopez. El lugar era un centro de recuperación de adictos, pero había tanta necesidad de hacer cosas que la convocatoria se desbordó. Aquella vez, Dima terminó como conductor del programa piloto que hicieron al final del curso: leyó las noticias policiales de la semana. Después del taller se siguieron cruzando. En el colectivo, en algunas marchas, en los pasillos de TEA. Cuando los dos se mudaron a Boedo se volvieron a encontrar en la verdulería, en el chino, caminando por el barrio.

Tres meses atrás, Dima lo llamó:

-Ando buscando un lugar para hacer algo con los temas que me quedan afuera del diario. Acá a la vuelta está FM Boedo. Hablé con la coordinadora de la radio y podemos comprar un espacio.

Hasta entonces, los temas que no entraban en el diario -que eran muchos de los que a él le interesaban- terminaban en las casillas de mails de sus colegas. Cosecha Roja era uno de esos destinos: Dima escribía para avisar de tal o cual caso de violencia institucional, o de algún femicidio que en su medio no querían cubrir.

belgranoNo le interesaba escribir las historias él, figurar. Solo quería que se difundieran los casos. La única vez que escribió en primera persona, fue cuando asaltaron y golpearon a sus dos tías ancianas: Pirucha y Olinda, de General Belgrano. El crimen fue brutal, sangriento. Y el relato es impecable, sin un solo adjetivo de más. Solo en Facebook se permitió hablar de los asesinos: dijo que era un grupo de salames, que ni se imaginaban el dolor que habían causado.

El programa de radio se llamó Zona Liberada. Su lema era: “las historias que no se pueden esconder: el estado, los poderes y la violencia institucional”.

-En la radio se dio el lujo -dice el Pollo -de contar la violencia en su contexto. Incluso las noticias policiales clásicas las contaba así.

Dima era un tipo jodón, divertido, sin nunca rozar el cinismo.

-Me perdí -dijo en una de las emisiones, mientras leía una noticia.

Durante todo el programa bromeó con eso: perderse a cada rato.

Desde el primer día anuncio el proyecto radial en las redes sociales, por mail, por wasap: no quedó ni un solo amigo sin saberlo. A algunos los llamaba para concertar entrevistas. A otros, para preguntar si lo habían escuchado.

-Me interesa tener una devolución tuya- decía.

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Un día, a Dima le tocó la pesadilla del redactor: quedarse solo con tres temas distintos a cargo. Son esas jornadas donde se trabaja a destajo, y se hace lo que se puede. Uno de los recursos es refritar cables de agencia, reescribirlos para que sean más o menos prolijos y publicar eso.

Aquella vez le tocó hacerlo con el caso Barrenechea, el ingeniero asesinado en San Isidro por un grupo de adolescentes. El caso era complejo. La sociedad estaba conmovida, había sospechas de complicidad policial y una abogada que decía que uno de los chicos era inocente.

El cable tenía información policial. Un día después se confirmó era una operación de la cana para embarrar la cancha.

La abogada llamó para quejarse. Habían comprado carne podrida. Enseguida lo rectificaron, pero Dima se quedó amargado durante varios días.

-Se flagelaba con eso -recuerda uno de sus compañeros-. Lo vivía como una mancha en su carrera el haberse comido un bolazo policial.

Sus colegas coinciden en algo: no era el que mejor escribía, ni el más rápido. Pero era el que mas laburaba. Si había un tema que le tocaba una fibra, lo llevaba hasta el final. Y no dudaba en pedir ayuda.

-Tenía montón de años de oficio -dice Juan Manuel Bordón, otros de sus compañeros- pero cuando estaba por entregar las notas te pedía que la leyeras. Y siempre estaba dispuesto a leer las tuyas. Las paría a las notas, les metía mucho laburo. Y era un tipo que tenía amigos por todos lados. Si necesitabas un dato de cualquier lado, él siempre te iba a abrir alguna puerta.

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“Trabajo en Clarín, en la la sección Policiales. Y aún así vivo al limite de la línea de pobreza…”, reza su biografía en Facebook.

-Eso le jodía. Haber peleado tanto por entrar a un diario que ya no existía más.

La frase la dice alguien que pasó por todos los medios, y que siguió su trayectoria desde el primer día. Dima era un periodista a la antigua, en todo sentido: vibraba en la frecuencia de las redacciones que eran escuelas de literatura, de las notas que se resolvían en los bares: era una escuela arltiana -o ragendorfierana, como le gustaba decir a él- de un periodismo que creía en el oficio como forma de vida.

Su generación, él mismo, actuó como bisagra entre aquella vieja escuela y un estilo nuevo, criado en la flexibilización laboral. Su único enemigo público era un tuitero bastante odiado en el gremio. Un tipo que representa todo lo opuesto a lo que era Dima: la constancia para chequear la información, la solidaridad con los colegas, el compromiso con las víctimas de la violencia policial.

-Era un tipo certero.- dice otro de sus amigos-Sabía de qué lado estaba.

Siempre participó de la vida gremial. Cuando empezaron las asambleas en Clarín estuvo ahí. Y, a pesar de ser uno de los afiliados más viejos de la UPTBA en el diario -o quizás por ello- fue de los primeros en saludar la creación de un nuevo sindicato, el SiPreBA.

Una de las cosas que lo angustiaba era ganar menos de lo que valía su trabajo. Incluso sus jefes se habían comprometido con tramitarle un aumento. No había caso. En las últimas semanas se había propuesto ser recibido por uno de los capos del diario.

-Fui a pedirle una reunión cuatro veces- contó el jueves-. Y hoy pasó por acá y cuando nos cruzamos miró para otro lado.

-Tenés que soltar eso- le dijo uno de sus colegas-. No es contra vos. En Clarín te tratan así. Es un rasgo de los últimos años.

 

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Hace unos doce años tenía una amiga que vivía en frente a la plazoleta de la calle Uriarte, en Palermo. A la noche el lugar se convertía en una parada de travestis. La amiga de Dima vivía en un primer piso a la calle. Era una platea privilegiada para espiar las conversaciones.

-El sábado esperame. -decía Dima- Vamos a escuchar a las chicas.

Le parecía un plan ideal: apagar las luces, quedarse quieto y agudizar el oído para escuchar las historias increíbles que se narraban en la calle.

En Facebook, cuando el trabajo le daba tiempo, subía postales de sus recorridas por el conurbano. En todos trataba de comerse un choripán, de ganarse alguna anécdota que luego narraba con cierta picaresca.

-Y además era un gran comensal, un gran bebebor -dice uno de sus amigos- Estaba en todas. Tres días a la semana había asado, salidas con amigos, tomar un vino. Era un tipo que había decidido vivir intensamente, con mucha alegría.

La última de esas cenas fue el viernes: cinco periodistas en un restaurant de Caballito. Antes de entrar fumaron un porro en la vereda. Entraron alegres, amigados con el mundo. La moza que los atendió tenía una cicatriz que le atravesaba la cara.

-¿Cómo te hiciste eso? -preguntó uno de los comensales.

La chica entornó los ojos y empezó a contar: había un sido un accidente tremendo, a la altura de Cañuelas. Ella sobrevivió de milagro. Dima sabía la historia: había cubierto el caso. Y mientras los otros querían saber detalles, él estaba preocupado por cortar con las preguntas incómodas y averiguar cómo se sentía ella.

-Era un tipo comprometido con la escucha- dice uno de los presentes-. Y aunque parezca raro, eso en el periodismo es mucho decir.

La historia -con el viraje que logró darle Dima-los terminó conmoviendo. Uno de los periodistas propuso que cada uno dejara cien pesos de propina. Dima sacó un billete de cincuenta. Los demás lo acusaron de rata. Fue la última broma que le vieron hacer.

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¿Cuantos responsos hace un cura del cementerio de Chacarita por día? El cortejo de Dima entra junto a otra media docena. Los deudos se mezclan, y algunos escuchan dos veces el discurso clerical, que se repite calcado, salvo por el nombre. “Sergio Dima es ahora un ciudadano celestial”, dice el cura en su discurso. ¿Será la forma adecuada de despedirlo?

Quizás a él le hubiese gustado que leyeran una frase de Raymond Chandler, un escritor que seguro le gustaba. Chandler no habló mucho de periodismo -un poco los despreciaba- pero definió muy bien al detective que era un poco héroe y un poco todo lo contrario. Una figura que ya no existe en nuestras calles, pero cuyo espíritu es parecido al que tenía Dima:

“Debe ser un hombre completo y un hombre común”, escribe Chandler, “y al mismo tiempo un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien trillada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo, y por cierto que sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. (…) El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. (…) Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él”.

Sergio Dima fue uno de nuestros últimos detectives salvajes. Uno humilde, laburador, buen tipo. En cada escuela de periodismo, si es que todavía existe algo que pueda llamarse así, se debería brindar en su nombre.

Sebastián Hacher
Sebastián Hacher

Periodista.

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