Violencia obstétrica: Candelaria sabe que tiene derechos

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“¿Vos querés parir? Es así parir”, le repetía la partera cada vez que ella se quejaba de algún dolor. El goteo iba muy rápido y nadie escuchaba a Candelaria. Ni la mujer, ni los médicos que pasaban por esa especie de salita, que no era ni habitación, ni gabinete ni cuarto, en esa clínica privada de La Plata.

Candelaria recuerda su parto y no se parece en nada a las publicidades de pañales o los institucionales en la televisión. A cuatro años de dar a luz a Alma, su primera beba biológica, -tiene 27 años y es mamá de dos hijos adoptivos- asume que la experiencia fue traumática. Más de lo que hubiera creído. Quizás hoy las ocho semanas de su flamante embarazo la empujan a retomar la vivencia desde otro camino. “Nadie te avisa que dar a luz no es como en las novelas”, dice mientras toma un mate y mira un punto fijo en la pared. Ahora sabe que tiene derechos.

En el primer embarazo la maltrataron, humillaron y aislaron: fue víctima de violencia obstétrica. Cuando llegó a la clínica a la medianoche, con contracciones, la partera le dijo que la había cansado. Le puso el suero con el goteo antes de que pudiera sacarse la ropa. Candelaria le preguntó por el médico.

– Lo vamos a llamar mañana. Cinco minutos antes molestamos al médico.

“Se me caían las lágrimas. Mientras Fernando iba a buscar el bolso, yo traté de que llamaran a mi mamá. Entre contracción y contracción sentía que me desmayaba, que me iba a morir”, recuerda. La oxitocina sintética, el peso de la beba -cuatro kilos- y la humillación conspiraron contra el nacimiento. Cuando llevaba cuatro horas de goteo, Candelaria llamó una vez más.

– ¿Qué querés?, le dijo la partera y tras la pregunta, la acostó y le rompió la bolsa con la mano para “acelerar la cosa”.

Ese día, faltaban dos semanas para la fecha de nacimiento estimada.

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¿Desde qué lugar yo como mujer puedo discutirle a alguien que estudió sobre eso? ¿Cómo voy a oponerme o debatir los procesos de un parto al médico? Las preguntas no dejan de resonar en la cabeza de Candelaria, las mismas que podrían hacerse otras embarazadas. “La asimetría de poder existente entre las mujeres y los equipos de salud es típica del patriarcado y la tarea es la de correr el velo del machismo y desnaturalizar conductas que nos parecen normales. La violencia obstétrica es una lamentable muestra de que los médicos sienten que ellos son los protagonistas del parto y que las mujeres deben obedecer”, explicó a Cosecha Roja Perla Prigoshin, coordinadora de la CONSAVIG (Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de Violencia de Género).

También aparece la cuestión cultural. “Los relatos de partos intervenidos y violentados no discrepan entre las mujeres ya que, la gran mayoría, da a luz de esa manera, y ese relato se naturaliza. Introyectamos y normalizamos que uno de los actos de nuestra vida sexual y reproductiva más potente sea arrebatado por el sistema médico hegemónico y patriarcal”, dijo a Cosecha Roja Julieta Saulo, coordinadora de la ONG Las Casildas.

“¡Qué bueno! El médico le salvó la vida a mi hijo porque hizo una cesárea a tiempo”, dicen muchas mujeres cuando en la mayoría de los casos eso no es cierto. Tener un hijo en una institución pública o privada implica someterse a una serie de intervenciones innecesarias. Es ese “protocolo” el que debe ponerse en conflicto: uso del enema, rasurado, pies y hasta manos atadas, peridural, episiotomía. Cesárea cuando hay alguna complicación o cuando es conveniente según la mirada del médico.

La violencia obstétrica es también todo lo que aísla a la mujer de su cuerpo, de su conexión con el bebé y de la elección del tipo de parto: en casa o en una institución, con o sin anestesia, sentada o acostada, acompañada por quien ella quiera. Impedir esa decisión, que cualquiera que pase le haga tacto y el manoseo verbal y psíquico, todo esto es violencia obstétrica.

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“Se hace la víctima, le enseñé a respirar y no lo hace”, escuchó mareada Candelaria entre los pinchazos del goteo que no dilataba con la urgencia que requieren los médicos.

A punto de parir, Candelaria necesitaba caminar, pararse y volver a sentarse pero no la dejaron. En una de sus tantas idas al baño a vomitar, y después de cinco horas, sintió la cabecita de Alma y gritó.

– Parate, salí del baño y parate.

Candelaria no tenía valor para putear a la partera. Tenía miedo. De ella, del bebé, de todo. Le explicó que no podía pararse, que le costaba.

– Jodete por comer como un mastodonte durante todo el embarazo, por eso te duele- le reprochó la partera mientras la esperaba con una silla de ruedas.

La sala de partos tenía un ropero roto, una cama oxidada y no había cortinas. Era 6 de junio, hacía mucho frío y la Gripe A amenazaba a toda La Plata, a todo el país, y al mundo. Candelaria entró y le aclararon: “Esperá acá y dejá de hacer fuerza”.

En 20 minutos sólo se acercó un médico con aspecto de pediatra para decirle que todo iba a estar bien. Como una soga que la trajo de nuevo a la humanidad. Por un rato.

La partera volvió con una soga, una de verdad. Piernas atadas, manos atadas. Sin preguntas, sin respuestas. Le aplicaron una inyección porque la peridural “no había llegado”. Tampoco consultaron si ella la quería.

Candelaria tenía cinco de dilatación y creía que la beba se moría. “Sentía que mi hija y yo nos moríamos, cada vez que les decía que la nena estaba en el canal ellos me decían que era una sensación”, recuerda.

El obstetra llegó justo cuando estaba por resignarse. “¿Por qué no me avisaste?”, le preguntó a la partera. Ahí le pidió que puje, sin saber de qué se trataba. Alma nació en un pujo pero Candelaria se desgarró y recibió 18 puntos. Estaba sola, sin la mamá ni Fernando, su compañero.

“Cuando pujé se cayó el barral de la cama. Yo sentía que el cuerpo me temblaba de forma muy anormal, Alma no paraba de llorar, nació drogada, con los ojos muy abiertos y temblaba igual que yo”.

Cuando nació, y Candelaria entendió que la nena y ella estaban a salvo, buscó con la mirada a la partera. “Sos una hija de mil puta”, le gritó llorando y no la vio más durante los tres días que estuvo internada en la clínica.

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Candelaria tuvo pesadillas con el nacimiento de Alma durante meses. Al principio, eran momentos del parto, después imágenes, sensaciones y dolores. La experiencia la llevó a pensar que era “una mala madre” por no haber recibido a su hija “como todos reciben a sus bebés”. “Creía que yo había fallado. Hasta que hice terapia no pensaba que había sido víctima. Entendía que estaba muy sensible y que la partera era una bestia. Por nada del mundo pensaba en volver a quedar embarazada. Me sentía una mala madre. Estaba triste”, cuenta.

“Denunciar es una de las claves para visibilizar y para generar cambios en torno a este tipo de violencia silenciosa”, explicó Saulo. Por eso en octubre lanzaron, con apoyo del Consejo Nacional de las Mujeres (CNM), el Observatorio de Violencia Obstétrica.

La violencia no se termina en el parto. Muchas mujeres abusadas tienen dificultades en la lactancia y en la vida sexual y eso repercute física y emocionalmente también en el vínculo con el bebé. La violencia obstétrica tiene consecuencias a nivel emocional.

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Fernanda, de 35, esperaba su primer bebé. El día de su casamiento sintió pérdidas y fue al Hospital Italiano por si acaso. Iba a ser un día largo. “Perdiste todo el líquido amniótico. Volvé a tu casa y quedate tranquila hasta que no sientas más movimiento. El feto seguramente detenga su crecimiento entre hoy y mañana”, le dijeron.

Estaba embarazada de cinco meses y quedó aturdida ante la sentencia de muerte que el médico acababa de darle. Tras suspender fiesta, civil y vestido se quedó en la casa esperando lo peor. “A las 18 horas de ese día dejé de sentir a mi bebé. Con mi pareja agarramos las cosas y volvimos al hospital muy desorientados, asustados y tristes”, contó a Cosecha Roja.

En el hospital le hicieron un monitoreo y confirmaron la muerte de Mateo. “Bueno vamos a ver si lo largas sin hacerte raspado”, le indicaron. La llevaron a una sala de guardia, le pusieron goteo y una chata: “Avisanos cuando lo largues”, fueron las palabras.

Se quedó con su pareja mientras soportaba las contracciones. Sin saber calcular en cuánto tiempo, Fernanda despidió al bebé y tuvo que llamar a los gritos a alguien para que se acercara. Tras un rato eterno, la trasladaron a una camilla y la llevaron a sala de partos para “terminar de sacarle todo”. El bebé fue colocado en un frasco que ubicaron a metros suyo en el quirófano, previo a sumarle la placenta para los estudios.

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La violencia obstétrica empieza en las primeras advertencias sobre cómo será el parto, se potencia durante el nacimiento del bebé y tiene consecuencias en el posparto. Y también se da en embarazos que no llegan a término. Como explica la Campaña del CNM, al no tener en cuenta la decisión de cada mujer, viola las tres leyes que la amparan (la principal es la ley 25.929, conocida como Ley del Parto Respetado, reglamentada en octubre del año pasado).

La Ley del Parto Respetado promueve que se respete a la mujer en sus particularidades, raza, religión, nacionalidad, y que se la acompañe en la toma de decisiones seguras e informadas.

Gracias a esta norma, la mujer tiene derecho a ser informada sobre las distintas intervenciones médicas que pueden tener lugar durante el parto y postparto y participar en las decisiones sobre las alternativas distintas si es que existen. También a no ser sometida a ningún examen o intervención cuyo propósito sea de investigación,  y a elegir quién la acompañe durante el trabajo de parto, parto y postparto.

La ley 26.529 protege los derechos de los y las pacientes y la 26.485 protege contra todo tipo de violencia de género.

La pregunta sobre la responsabilidad del sistema médico hegemónico también sobrevuela. “Los médicos se forman para erradicar las patologías y ante la fisiología imperante en los nacimientos, el choque es muy fuerte. La variable económica también opera: los partos intervenidos, medicalizados y dirigidos aseguran camas libres más rápido para que venga una mujer y luego otra y otra”, dijo Saulo.

“Desde la CONSAVIG tenemos mucho cuidado y tratamos de recordar que los profesionales de la salud no son monstruos sino que están atravesados por una formación esencialmente patriarcal que debe modificarse”, explicó Prigoshin.

Pese a la legislación y las sanciones que pueden aplicarse por la CONSAVIG (mediante un instructivo en el que se explica qué es la violencia obstétrica y cómo se denuncia en la Defensoría del Pueblo de la Nación), o a través del CNM, también cuando se registran denuncias, aún queda un largo camino.

La información y el diálogo -con otras embarazadas, con profesionales que neutralizan la formación hegemónica patriarcal que domina el sistema médico, con asociaciones que abordan la temática- es la única forma de conocer los derechos antes, durante y después del parto.

Florencia Alamos

Periodista.

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